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Por Graciela Guerrero Garay      Foto: Ángel Chimeno

Confieso que cuando mi eterna amiga y editora Mirtha Beatón me mostró, en la terraza de su casa entre tazas de café, el poema de Mario de Andrade no calé, al primer golpe de vista, en su verdad absoluta. Tal vez lo leí entre la prisa de la visita y sin interiorizar que faltaba muy poco para que el almanaque me hiciera las 60 cruces. Casi hace un año de aquel encuentro bonito y “filosófico”… ¡Y ese tiempo implacable está ahí!, como los versos del poeta y sus  señales imborrables… ¡Casi ahorita vuelvo andar de marcas con el calendario y ojalá pueda decir lo mismo con tanta lucidez dentro de una década! Ojalá.

Lo cierto es que la vida pasa y uno se aferra a que siempre habrá un mañana y se olvida del hoy, mientras el día a día intenta que aprendas que solo Dios sabe qué será mañana. Hoy me puse a revisar el poema del novelista y uno de los fundadores del modernismo brasileño, al recordar las vivencias eternas que guarda mi amiga de aquel encuentro de viejos amigos – muchos venidos de lejos a celebrar la amistad y los cariños verdaderos – y en el cual “Mi alma tiene prisa” es un tesoro que guarda de esos sueños realizados.

He aquí ese valioso tesoro poético que nos dejó Mario de Andrade para que pensemos en verdad quienes ya somos, gracias a Dios, de la llamada tercera edad.

 

Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de

aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…

Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los

primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que

quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se

discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos,

sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar

de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a manipuladores y oportunistas.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más

capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…

Sin muchos dulces en el paquete…

Quiero vivir al lado de gente humana…, muy humana.

Que sepa reírse de sus errores.

Que no se envanezca con sus triunfos.

Que no se considere electa, antes de la hora.

Que no huya de sus responsabilidades.

Que defienda la dignidad humana.

Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quienes los golpes duros de

... (... continúa)

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