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Por Graciela Guerrero Garay         Foto: Familia

El 31 de mayo del 2003 fue un día que me enseñó el auténtico significado de ese atolondramiento profundo que causan los imprevistos. Era domingo, como hoy. Yo lavaba como siempre en mi balcón, cuando vi llegar la guagüita del SEPSA donde trabajaba mi cuñada. Nunca pude imaginar que esa primera alegría de verlos se trastocara, en las mínimas fracciones del segundo en que caían sus palabras, en la más triste y desconcertante noticia de mi vida. En la primera herida abierta para siempre, con esa hondura del sentimiento que te deja un eterno vacío de soledad, añoranza y certeza de que hay lazos que jamás se rompen.

Hace 17 años. Pero no es hoy porque es hoy, ni porque sea el aniversario de la muerte de mi padre. Es ese cada día que me lo devuelve en mí misma. Es una mezcla de todo lo humano que existe en una relación paternal. Porque papi no era perfecto, era de carne y hueso, pero con una grandeza de espíritu que quienes lo conocieron no me dejarán mentir. Nos enseñó la rectitud del carácter, a poner a la familia como el don más preciado, a que sus 6 hijos eran su vida y que la madre y los hermanos siempre lo serían y deberían estar unidos por encima de cualquier diferencia, modos de ser o distancias.

Nos inculcó, muchas veces con el cinto en la mano o la voz en alto, que la honradez y la vergüenza de los hombres son sus riquezas capitales; a estudiar por encima de cualquier obstáculo, servir a los demás, creer en Dios, trabajar, compartir y darle a los amigos el lugar que merece un amigo. Fue un profeta valiente, con el verbo exacto en todas las circunstancias,   decidido y preciso en dar sus criterios, defender su sabiduría y experiencia y aconsejar el bien  a un niño cualquiera hasta al más viejo de sus conocidos.

Luchador innato y con una meridiana claridad de lograr sus metas. Creo que por eso se hizo enfermero, mirando atento al magnífico tin de doctores que le rodearon en el popular Centro Médico de Las Tunas, donde entró como auxiliar general de limpieza y ganó con su disciplina e interés una beca en la Escuela de Enfermería de Las Tunas. Papi nunca se fue. La vida jamás borra las huellas del amor ni la fuerza de la sangre.

En la gloria de Dios está su esencia y el perdón de sus mortales pecados. Desde el cielo cuida a sus hijos, sus nietos y bisnietos, a las familias que crearon, a sus amigos y a todo el que eleve los ojos al cielo y, desde la humildad, pida un favor al universo. MI viejo, ahora este mundo necesita de las almas buenas y de luz, multiplícanos la fe y la esperanza como dador del bien que siempre fuiste en esta tierra. Desde arriba se ven las cosas en su dimensión exacta. No eres un santo, fuiste, y lo intentaste con tus mayores sacrificios, un padre digno. Sigue conmigo, yo te amaré hasta que mis ojos estén abiertos.

Enhorabuena, el investigador Pablo Julio Gallardo me ayudó a compilar estos recuerdos.