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FELIZ NAVIDAD AMORES MÍOS...HERMANOS DE LA TIERRA

Por Graciela Guerrero Garay

Otra Noche Buena. Otra Navidad. Ya no somos los mismos. Esta vez el mundo, la enfermedad, el imprevisto, el día a día, nos sacudió el cuerpo y el alma. Creo que pocas veces, así de inevitable, al margen de toda posición, edad o geografía, algo común nos tambaleó el conocimiento y nos mostró que somos irreversiblemente mortales, sin importar dónde estamos y cómo somos. La naturaleza, el medio ambiente, el germen, el virus, la pandemia, el contagio… COVID - 19 deja una profunda enseñanza. ¿La aprendimos? Ojalá.

Es una suerte de señal. Se trata de aprovecharla para bien propio y de los demás.  No es con egoísmo y egos  exaltados que florece la vida, se consolidan los valores humanos, familiares y sociales y, sobre todo, se aligera el agridulce existencialista. Llega un nuevo año y hay una experiencia y un ciclo de tiempo y vida que hemos consumido, cada quien a su manera. ¿Lo aprovechaste? ¿Lo aprovechamos? Ojalá.

Hay arbolitos y adornos navideños por doquier. Mensajes altruistas, sentimentales, bonitos, sensibles, motivadores. Hay proyectos de fiestas, de relajamiento, de intimidad. Hay convocatorias públicas, religiosas, oficiales, informales. Hay regalos, aunque también no hay regalos. Depende de tradiciones y economía, de vanidad y soberbia, de apariencias y compromisos. Es bonito dar, arrancar un “gracias” y “ mucha felicidad”. Es bonito, conmueve, se agradece. Pero, ¿será la única manera de demostrar afecto, amor, cariño, relevancia afectiva y sentimientos puros?

Pensemos. Creo que ese invisible y mortal demoledor de la vida  llamado coronavirus algo de eso nos quiso decir, como si supiera que en el hogar hacen mucha falta los abrazos, la espontaneidad de la risa, el calor de una conversación,  la paciencia, tolerancia, comprensión, espacios comunes e individuales, tareas compartidas, juegos, planificación de sueños y hasta conocernos y aceptarnos más. Incluso arrepentimiento y perdón congelados por la prisa de momentos ajenos. Pienso en trabajo, responsabilidades, terceras y cuartas personas. Ladrones de tiempo y de fortaleza para lo único que genera la verdadera realización del hombre y lo que significa en sí transcendencia legítima: su casa y su familia. La primogénita donde vio la luz y la construida por sí mismo y en la cual sembró genes y semillas.  

Otra Noche Buena. Otra Navidad. Dolores y silencios. Recuerdos y añoranzas. El arduo peregrinar de los mortales. Vivos estamos. No cuentan cicatrices. Siempre se puede ser mejor, hasta con un simple gesto. Siempre se puede apostar por la verdad. Siempre la felicidad no es la opulencia, la gula, la bachata. Siempre andar con los bolsillos llenos no es ser dichoso, feliz, íntegro, al menos para los que saben del valor de una gota de agua cuando nos mata la sed, o que un segundo puede ser un terremoto.

En fin, amores míos, hermanos de la tierra, vivamos . Ojalá vivir, entonces, no sea una ilusión confusa, sino la certeza de que en esta Noche Buena y Navidad esas luces de los arbolitos pueden estar dentro de nosotros y, como toda luz, ser un fuego de paz multiplicado. Un calor puro que no queme al bien. Al contrario, que caliente la virtud inteligente de ser semejantes a nuestro creador, nos anime con el rigor de cada día y nos impulse a convivir con la misma naturalidad  con la que brotan las flores. Eso me huele a huellas nobles y manos honestas…

… Eso me dice, de algún modo que, entonces, seremos genuinamente humanos y estaremos listos para la hermosa misión de enriquecer la vida… la tuya, la mía, la de aquellos, los otros y los demás de los demás. Nuestra vida. Nuestro mundo. Ojalá.

¡FELIZ NAVIDAD…. FELIZ NAVIDAD….FELIZ NAVIDAD…!