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El reloj es el reloj y el tiempo es el tiempo, aunque creamos que esté atrapado ahí, en esas manillas que caminan en silencio o, quizás, en el mecánico sonido… tic/tac tic/tac…

No sé… Sí sé que me hizo creer en el amor, que poco a poco, con besos, tolerancia, alegrías, abrazos, incomprensiones, retos, promesas, sustillos y el día a día de esperar, soñar, confiar, desconfiar y volver a apostar por los impulsos del alma, echamos a andar…

En la rudeza de sus manos y la fuerza de sus hombros desdibujé a la chiquilla asustadiza, aferrada a esos latidos del pecho que me hacían el camino. Me arrancó poemas de cualquier tipo… me pintó arco iris y apostamos… Hoy este hombre de mis mil demonios, los rosas, los negros, los blancos, los multiperlados, cumple 71 años y doy gracias a Dios por ponerlo una tarde del verano de 1984 frente a mí.

Por mi Pochy, mi Juan Díaz (el segundo nombre, Benito, no me gusta) tuve el sueño confundido del ¿me caso o no me casó?, ¡y me casé!… Y heme aquí mirando las estrellas y pidiendo que estos 36 años de matrimonio se multipliquen y podamos estar infinitamente entre los cascabeles de esa cualquier cantidad de dicha que es nuestro hijo LLoa y nuestra nieta Sheila.

Heme aquí, hombre, haciéndote otra pública declaración de amor… perdida en tus canas y aferrada a seguirte por esas divinas nubes donde llegamos, para bien de los dos, saltando desde aquel muelle de cayo Carena, la afrodisiaca islita de la bahía de Cienfuegos…  donde mi miedo a los cangrejos lo aplastaste con el fuego de tus besos y mi encantamiento total. Felicidades mi amor, que sigas con esa salud de hierro que tienes y nunca, carajo, dejes de ser mi pesado Titán.