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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: Istvan Ojeda

Las Tunas- Es casi la medianoche del miércoles. O sea, a punto de caer en las manecillas del reloj el primer minuto de un jueves, donde el tema “pelota”, “Leñadores”, “Alazanes” pueden ser, en menos de un mes, las palabras más repetidas por todas las edades parlantes de este terruño oriental y su vecino Granma.

Hablar de esta 57 Serie Nacional de Beisbol, sin parcialidad, es casi imposible, porque cada quien tiene su equipo y va por él, aunque no haya clasificado. Por eso, los tuneros, con sus Leñadores, por primera vez en las finales, se pegan al “hacha” y corren cuando se impulsan carreras o enmudecen y llegan a punto del infarto si el contrario pisa home, amén de que los marcadores estén a favor.

El partido de este miércoles igualó a los campeones granmenses con los aguerridos de aquí y, sin andar con giros literarios, mucha gente lloró y todavía nada está perdido. Pablo Civil y sus muchachos son historia y demuestran en cada juego, desde el inicio del campeonato, que hay que contar con ellos. Pero la pelota es una cosa y las emociones otra.

Siento que este sentimiento de pertenencia marcará para siempre el campeonato del 2018: nadie ha podido evitar su contagio. Hasta quienes querían matar a “los peloteros” de la casa porque no le dejaban ver la novela, ahora son las primeras que corren a poner el canal deportivo. Los estadios no alcanzan y, si este despertar jamás se duerme, habrá que ponerles barbacoas, pues ya no se sabe si hay más público en las gradas que por los alrededores.

Sucedió en el Latino, en el “Mella” y en el “Mártires de Barbados”, desde los juegos clasificatorios para la gran final, una final (confieso que para nada soy articulista deportiva) que es un derroche de ese beisbol que escucho por años reclamar a los entendidos en la materia. Un espectáculo de aplausos, culpable de las abolladuras de ollas, jarros y calderos en cientos de hogares. Un “saca” lágrimas, que hace saltar a los más pequeños, mantiene despierto a los abuelos, deja sin uñas, desaparece en un dos por tres la cajetilla de cigarros, pega la gente a internet y las redes sociales para verlo jugada a jugada…

En fin, me quito el sombrero, con hacha y sin hacha. Y si bien no traicionaré a los míos ni me conformo – a pesar de que les encuentro razón a sus puntos de vista – que los “caballos” se desboquen “porque somos de Oriente y aquí se quedan las medallas”, lo que más me gusta de esta Serie 57 del Beisbol en Cuba es justo que hay beisbol en Cuba, sin retórica ni redundancia.

Y lo demás es eso… las emociones que levantan esta fiesta, más grande que los carnavales y los conciertos. Me arriesgo a decirlo, hacía mucho tiempo que, al menos yo, no había visto tanta gente apasionada ni concentrada en un evento así.

Entonces, tunera hasta la médula, le echo la culpa a mis guerreros Leñadores por estar en la historia de este campeonato y arrastrar multitudes donde quiera que echaron el play, con errores o no, con esos alientos-desalientos que nos clavan como puñales bajo piel cuando no alcanzan la victoria, o nos levantan del asiento al poner el juego bonito y hacen que la euforia y la fiebre sean lo mismo que ¡¡¡¡GANAMOS!!!!

No puedo afirmar lo que no pasó. ¿Qué hubiera sucedido si otros estuvieran guapeando la corona? ¿Habría tanto espectáculo de gala? ¿Se hubieran llenado los estadios? No sé, solo sé que este verde que puso salsa a Cuba y al mundo entero también tiene nombre: los Leñadores de Las Tunas. Y, al decir de otros, esto se acaba cuando se acaba.

Ya es jueves. El reloj siguió su camino y la redonda, hoy, con las manecillas a punto en las 7: 15, seguirá rodando. No me gustan los pronósticos y menos en esta lid de estrellas y dinamitas. Me quito el sombrero, ante los grandes debe ser; más con todo, me aferró a las emociones y a la sobredosis de sedantes que no logran dormir a esas palabras tan repetidas que andan por aquí... “pelota”, “Leñadores”, “Alazanes”.