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¿De qué hablamos?

 

Por Graciela Guerrero Garay

 

Ser responsables es mucho más que traer un carné de identidad en el bolsillo, tener edad adulta o estar en la recta final de la vida. La responsabilidad involucra la conciencia de saberse con deber, más que con derecho digo yo, de asumir las consecuencias de nuestras acciones, sobre todo porque vivimos en sociedad y la existencia acontece como un proceso en cadena.

 

Revisando estadísticas se me antoja que si cada quien interiorizara que estar vivo significa también comprometerse con el mundo que nos recibe y aporta sus dones para sostenernos el aliento, quizás hoy no produjeran terror y crecieran los números de los accidentes de tránsito o enfermedades contagiosas puramente evitables.

 

Resulta, empero, que tiramos a un lado esa obligación moral que contraemos con los demás – a partir de uno mismo – y le ponemos el pie al acelerador, ingerimos bebidas alcohólicas, enamoramos con una mano y con la otra apretamos malamente el timón o, sencillamente, dueños de nuestro “mundo” desobedecemos a la condura y conquistamos el reino del placer sin pensar que ahorita desvanece y…

 

Las cifras están ahí. El riesgo es cada día mayor. El llamado modernismo capta a minutos a más adolescentes. El tutelaje se ablanda y la disciplina se afloja. En fin, que la vida en sociedad comienza a edades tempranas a una velocidad peligrosamente inestimable y ya aquellos niños y niñas de 12 años que jugaban todavía en la década del 70 a la “gallinita ciega”, no existen. No solo espiritual, sino físicamente.  Una chica o chico de octavo o noveno grados hoy pueden ser tan corpulentos y más elegantes y formados que sus propios padres.

 

Estas realidades no hay que evadirlas, sino conducirlas por la mejor senda. Y en equipo: familia, escuela y sociedad. Todo un asunto complejo que requiere más de una ley, un cambio de mentalidad y hasta una actitud de vida. De un solo golpe no podrá aparecer la solución, pero tampoco podemos esperar una década para encarar el problema. En el 2009 sucedieron 10 mil 371 accidentes en Cuba. En pérdidas materiales el número anda anualmente por los 518 millones de pesos. Esta oriental provincia de Las Tunas, desde el 2008, está entre las de mayor incidencia. Y si fuera poco, estos negros sucesos son la mayor causa de muerte entre las edades de 1 a 19 años.

 

Pasa lo mismo con las enfermedades de trasmisión sexual, la incidencia de partos en plena pubertad o embarazos precoz y de alto riesgo. Las cifras marcan curvas ascendentes. Los expertos llaman a la responsabilidad individual, al fomento constante de una cultura vial y sexual, a ser preventivos y luchar cotidianamente en sociedad. También se trabaja en proyectos de Leyes que encierran estas temáticas. Sin embargo, en blanco y negro, nada es nuevo. Tenemos leyes al respecto. Hay campañas propagandísticas apelando permanentemente al sentido común. Los problemas se hablan en voz alta y discuten a los niveles correspondientes.

La muerte por violaciones del tránsito sigue ahí. La maternidad a destiempo y las relaciones sexuales promiscuas y prematuras también. El dramatismo y las consecuencias, más fatales aún, tienen que resolverse. Entonces, ¿de qué hablamos? Tal vez llegó el momento de apretar tuercas con llaves más precisas y poner camisas de fuerza si es necesario.

 

Vivimos en sociedad y la irresponsable responsabilidad de mi compadre o comadre no tiene ningún  derecho a enlutarme mi casa. Tampoco yo lo tengo. Acción en cadena. No con paños tibios, conformismo o fatalismo. Con esa decencia que siempre nos distinguió desde adentro y que nos salva de las hecatombes mundiales todavía. Es ser lo que tenemos que ser: responsables y solidarios. No caben las alternativas.