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Por Graciela Guerrero Garay   Fotomontaje: Chela

Las ansiadas vacaciones ya están aquí para los cubanos. Una etapa donde se hacen proyectos de “todos los deseos”, incluso los prácticamente imposibles.  Y es justo que quienes estudian y trabajan tengan un espacio para romper la rutina de los deberes esenciales y den un poco de libertad al cuerpo y la mente, en aras de recuperar energías y compartir en familia. Cosa que no siempre se puede en otras épocas del año.

Sin embargo, no es como algunos creen o toman el asunto: pelo suelto y carretera.  Al contrario, cada día que vivimos la cordura se hace más imprescindible, ni siquiera necesaria. Los riesgos ambientales están recrudecidos: un sol perjudicial a la piel y la salud, el incremento de las virosis, el azote de la influenza, la temporada ciclónica, eventos telúricos, escasez de agua, problemas con el transporte e, incluso, hasta disponibilidad de materias primas e insumos para elaborar alimentos ligeros.

Y si no basta, circula también una fea corriente de efectos negativos que traen los pesimistas y los hipercríticos, los maleantes, oportunistas y buscavida (lo mismo revenden que estafan), que puede generar  un “tornado” de problemas y malearle el ambiente al Estado y a la gente. Hay que estar con los ojos bien abiertos y la testa en su lugar, pues el verano , como cada año, recibirá una reforzada inyección de voluntad y recursos estatales para acercarlo lo más objetivamente posible a las expectativas del pueblo y es justo, también, que este esfuerzo se note y revierta en sano placer y provechoso descanso familiar.

En el éxito, como en las vacaciones, vamos todos. Desde la racionalidad y el orden para conceder las plazas recreativas en los centros de trabajo, hasta el chofer que debe garantizar y responder por la disciplina en el trayecto, como por buscar un ladito más  para que otro trabajador o estudiante, de esos que andan al pie de los caminos, reciba el aventón y llegue a su destino.  Cooperar los unos con los otros, para que se beneficien más, y no que los mismos reciclen con los mismos.

Regalarnos un verano rentable,  bienhechor.  Ser cuidadosos con las playas, los ríos, los medios de transporte, las áreas que se habilitarán y remozarán. Responsables, con letra mayor. En las piscinas cuidando la limpieza de las aguas, evitando las riñas, los accidentes, cumpliendo lo dispuesto en reglamentos. No vender bebidas alcohólicas a los menores de edad, no exponer a radiaciones ni aglomeraciones a los infantes. NO conducir sin los cinturones de seguridad ni los cascos, en el caso de las motos. Mantener la higiene, siempre la higiene.

La felicidad de este descanso estival no está exactamente en las veces que nos embriaguemos o mudemos la piel, sino en que cuidemos la salud y evitemos contagiarnos o contagiar a los demás, en caso de que estemos bajo los efectos de alguna virosis. Aprovechemos con amor, seriedad, alegría y respeto individual y colectivo cada espacio y tiempo de ocio. No son alertas ni llamados por capricho o para llenar líneas de texto.

Hoy es imprescindible que cada uno de nosotros seamos consecuentes y coherentes con el momento en que vivimos.  Es prudencia, precaución, prevención. El calor y el sol pueden convertirse en enemigos del ánimo y el cuerpo, si no se les acuna con mesura. Si de comprar alimentos se trata, compruebe su buen estado y lugar de procedencia. Hacer lo correcto y exigir porque los indisciplinados tomen el carril. Regalarnos un verano donde la cordura, lo sano y lo culto, se abracen a la decencia social y convierta una tarde de cine en un  recuerdo imborrable, digno de contar después sin frustraciones ni tristezas.

El ardiente verano de Cuba está de vuelta. Busquemos el divertimento y el descanso, pero sin ínfulas de Julio Verne y su vuelta al mundo en ochenta días. Siempre juntos, sale todo mejor. La espiritualidad es la sazón de los grandes momentos, no el lujo, las botellas vacías o los billetes gastados. Aprendamos a convertir las rosas en rosas y se notarán menos las espinas. Regalarnos un verano es un buen comienzo.