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Por Graciela Guerrero Garay      Foto: Reynaldo López Peña

Las Tunas.- Tuve que ir a verla contra todo desafío. No quería imaginarla detrás de la leyenda ni resurgiendo como el ave fénix después de quemada por sus más bravos hijos de la independencia. Tampoco quise dar por cierto que andaba coloreada de molotes en sus principales arterias y comercios. Simple, deseaba saborear su reapertura, a solo pocos días de anotarle al calendario de la vida otro año más, el 225.

Late, más organizada que otras veces. Limpia, con sus bulevares calientes y refractarios, a la usanza de regalar luz desde lo hondo de la tierra. La gente no anda tan de prisa y se agrupa, sí, como si los mensajes que envía este virus mortal todavía fueran incapaces de crear una conciencia individual y colectiva que permita, frente a los desafíos cotidianos, una señal irreversible de cordura.  

Es Las Tunas, brava y enamorada, cautiva y liberal, vieja y rejuvenecida. Mezcla del congo y el carabalí, de la escultura y la décima, de monte y pueblo. Es el recinto de los poetas confesos y escondidos. Se desnuda con sus puertas abiertas, amen de cruzadas y victorias. No disimula sus tristezas. No disfraza la inercia ni frena sus impulsos.

Dos siglos, dos décadas y un lustro parecen una escaramuza del tiempo para alcanzar sueños pendientes y contar las piedras que sortearon generaciones y generaciones, nacidas o llegadas acá desde la historia de la comarca de Cueybá, su origen fundacional. Los caballos, místicos en las fantasías antiguas o las vivencias de su memoria épica, trotan, tiran de los coches. Ahora no lo monta un indio sin cabeza ni el corcel es blanco. Andan escurridizos entre sus  calles, con sus cocheros dispuestos a paliar la demanda del transporte público y ayudar, incluso, en transportar mercancías.

La Covid-19 es un monstruo que abraza este aniversario a mi ciudad. Camino. Recuerdos sus toldos y esas vetustas casas  que esconden sus fantasmas en las paredes del recuerdo y la tinta de los poemas y libros que la dibujan o lo intentan. Está bonita, a pesar de los hijos que han marchado, de los combates diarios por ganar la batalla sin rostro del siglo XXI, la pandemia mundial, terrible, desgarradora. Mas, admiro sus secretos cotidianos, la esperanza, la fuerza. Las levantadas. Está de pie el terruño, guapea.

Suspiro. Septiembre es un mes de gracia y gloria para los tuneros. Las mujeres no pierden las sonrisas detrás de las mascarillas protectoras. Los hombres agitan sus deberes y acompañan. No es igual este cumpleaños a los otros. No son tiempos de fiestas ni orgías tumultuarias, pero la ciudad crece y va con sus tacones altos.  El corazón manda y el amor respira por estas esquinas de futuro.

No dudo. Los 225 años que llenan de vida a mi ciudad vienen de fuego. No seremos cenizas. Somos más y el toque es de victoria. La queremos mejor, renovada e invicta. Allá vamos. Tuve que ir a verla contra todo desafío. Cada quien le ha regalado un alma. Ganaremos. ¡Feliz aniversario! Gracias por tus puertas abiertas. Otra vez la suerte está con todos.