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Por Graciela Guerrero Garay            Fotos: Reynaldo López Peña

Las Tunas.- Cuando regresé a finales de los 80 a esta, mi ciudad, muchos amigos no entendieron a priori que volviera “a mi aldea”. Para ese entonces ya no estaba cubierto de marabú el reparto Santos ni Buena Vista. Existía el complejo de la Salud. Las fábricas de la zona industrial y las huellas del incipiente desarrollo urbanístico hablaban de una transformación evidente, aún con aquel epíteto de provincia “cenicienta” que permeaba la vida y simulaba un primer plano dentro de la cabeza y la lengua de mi gente.

Los muchachos no estaban obligados a ir a Santiago de Cuba, como yo, para hacer la universidad. Ahora podían armar sus rompecabezas futuros en casi todas las disciplinas del nivel superior. Tampoco tenían que salir con zapatos viejos de la casa, para no enfangar los que “iban de viaje”. Recuerdo que papi llevaba en la mano “los bonitos” y, en la parada de la guagua, me cambiaba.

Ahí, escondidos en un rinconcito, esperaban el regreso de mi viejo, quien los limpiaba y dejaba listos para repetir “la misión” en mi próxima visita si caía un aguacero. Mi generación no tuvo opciones: Oriente, Santa Clara o La Habana y si hoy nos parecen pocas las salidas programadas a esas provincias, no quieran saber lo que era un viaje largo en una Leyland o una Skoda.  Con los llamados “colmillo blanco” – creo marca Hino, de fabricación japonesa- estos trayectos eran más atractivos, pero coger un pasaje era tan difícil o más que ahora. Del tren ni hablar. Lo odié para siempre.

Sin embargo, de a poquito, algún detalle en nuestras “regresadas” me decía que “la aldea” se transformaba para bien. Le nació una Plaza Martiana, una fuente de Las Antillas, estrenó semáforos, asfaltó mi calle de tierra fangosa, llenó de edificios los marabusales enormes… y tantas cosas más que de verdad no entiendo cómo, todavía, algunos coterráneos no reconozcan que Las Tunas es otra. Sencillamente, otra, y que los habitantes actuales, los nacidos a las puertas del período especial, con el período especial, y hasta hoy tienen privilegios, oportunidades y opciones que no tuvimos cientos en plena juventud.

No significa que se avanza como pudiéramos y soñamos. Mucho hubiera si no despilfarráramos tanto, si respetáramos las normas de calidad, si cada colectivo fuera un auténtico equipo de trabajo previsor, responsable y emprendedor y si no remacháramos tantas veces con el “mismo cántaro en la misma fuente”, entre numerosas cosas más. Pero lo cortés no quita lo valiente.

Mi ciudad está singularmente bella. Se respira esa voluntad política y gubernamental de hacerla funcional, de modernizar los viejos y olvidados espacios, revitalizar los más cercanos y necesitados de mantenimientos y aires modernos, atractivos y coherentes con los tiempos que corren y marcan estilos y tendencias locales, nacionales y foráneas. La espiritualidad y la cultura son calidad de vida. Los abastecimientos, su prevalencia y la diversidad de ofertas no anulan los valores de las mismas.

Lo ideal sería que, por ejemplo, en cualquier centro de recreación y servicios todos los gustos, hasta lo más exóticos y exigentes, encontrarán satisfacción plena, desde un producto hasta un capricho. Empero, esa excelencia no sale de la nada. Hay que trabajar bien fuerte desde la tierra y en cada eslabón de la larga cadena del ciclo productivo para lograrlo. Y por demás, en este amplísimo proceso, de una manera u otra, todos somos parte.

Esta ciudad que se despierta es un Balcón, en la justa dimensión del término y la simbología. Con un dedo no podemos tapar el embrujo de su renovada imagen. Hay que agradecer y valorar. Cuidar y amar. Mi “aldea” pervive en sus leyendas y mitos, en la presencia de sus ancestros indios y en las raíces identitarias  de un pueblo luchador y alegre. Este es su orgullo aldeano.

Me resisto a aplaudir a quienes solo ven las manchas y porque no encuentren la vianda, el vegetal, el cárnico o el pescado que llevan en mente critiquen la belleza del lugar, sus comodidades, la humanización de las condiciones laborales y el confort del cliente, tal como si el cerebro lo llevaran en el ombligo. Me quedo, sí, con los que buscan maneras de multiplicar esas luces nuevas que regalaron a Las Tunas las numerosas obras sociales y de bien público recién remodeladas y/o inauguradas. Son un tónico de vida y esperanza desde este verano y para siempre.