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Por Graciela Guerrero Garay y Misleydis González Ávila      

Las Tunas.- Laudelia Pérez es una de esas abuelas que la familia adora, pero a la vez tildan de extremista y quisquillosa por sus constantes advertencias sobre la cercanía del peligro, exigir cordura en asuntos del divertimento y opinar cada “cinco minutos” que el verano trae “males de barriga y hay que ver bien qué se come por ahí”. Sin embargo, mucha razón le asiste a su precavida sabiduría. Las esperadas vacaciones son un arma de doble filo.

La Organización Mundial de la Salud señala que las enfermedades transmitidas por los alimentos son generalmente de carácter infeccioso o tóxico y las causan bacterias, virus, parásitos o sustancias químicas que penetran al organismo a través del agua o alimentos contaminados. De ahí que este sofocante calor pueda descomponer cualquier comida o merienda incorrectamente elaborada o conservada, sin notarse siquiera.

No hace mucho, una amiga lamentaba haber consumido, junto a sus dos hijos, unas hamburguesas que “sintió un poquitico pasaditas”. De los tres, la niña fue quien se intoxicó y, por suerte, no tuvo consecuencias graves. Después del mal rato, tomó conciencia plena de su ligereza de actuación. Comprometió la vida de los muchachos y la propia.

No son pocos los individuos que subestiman los riesgos y desobedecen las alertas sanitarias. O reprochan el trabajo de los inspectores cuando decomisan los productos, imponen multas o cierran establecimientos estatales y privados por violar la higiene, así como los métodos del proceso de elaboración y/o conservación de los comestibles.

Sobre el particular más de un especialista indica que el problema se crea, casi siempre,   porque las comidas se preparan por la madrugada para ir de viaje a la playa o excursiones diversas. En tanto, se consumen varias horas después y, a veces, se minimiza el hecho de que están descompuestos, como sucede con el arroz, carnes en salsas, perros calientes y pan con mayonesa, los cuales se echan a perder rápidamente.

Las consecuencias aparecen más tarde con los eventos diarreicos. Es un azote mundial y datos de la OMS señalan que anualmente estas enfermedades, ocasionadas por transmisión alimentaria o hídrica, causan la muerte de alrededor de dos millones de personas, la mayoría niños.

Por tal razón, jamás será arbitrario incrementar las exigencias de control con la venta de alimentos en los meses veraniegos, así como extremar la vigilancia en los centros de elaboración y almacenamiento. Otro detalle vital es observar las fechas de caducidad y la conservación, manipulación y presencia de las ofertas ambulatorias. La precaución vale igual para los dulces, sobre todo porque el huevo y el merengue son muy vulnerables a las altas temperaturas.

La mejor conservación del agua es añadiendo el hipoclorito de sodio. No basta hervirla como se piensa. Este líquido, esencial para la vida y mantenerse hidratado frente a los fuertes calores, también se descompone, más cuando las lluvias incrementan el riesgo de ser contaminada.

En otras palabras, depende de la responsabilidad individual y la conciencia familiar que no enfermemos en una temporada donde el medio ambiente, si bien es el mejor aliado para el descanso y el divertimento, es un enemigo potencial de nuestra salud, pues las bacterias y virus que producen los desórdenes estomacales están ahí y el calor ayuda a desarrollarlos.

Lo mismo sucede con las dolencias respiratorias, apuntaladas por los cambios de temperaturas naturales y artificiales. La piel es otra zona vulnerable. Exponerse a los rayos solares sin protección, puede ser irreparable. Y lo otro son los hongos y las diversas enfermedades que traen consigo. Las picaduras de insectos deben evitarse a toda costa.

Vacacionar es divino, necesario para la mente, el cuerpo y la compenetración espiritual de la familia y amistades. Sin embargo, las crudas señales del cambio climático y todo lo que repercuten sobre el bienestar de las personas, requieren de actitudes maduras y acciones responsables, fundamentalmente en los núcleos donde existen niños, ancianos y embarazadas.

No por gusto el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) llama a la precaución. Es una Perogrullada que los meses estivales provocan alteraciones en el entorno y los seres humanos. La abuela Laudelia tiene mucha razón: hay que cuidarse, ver bien qué y dónde se come, sin dejar de disfrutar a plenitud el descanso estival que necesita el cuerpo y la mente.  Somos responsables de evitar las enfermedades prevenibles. Esta advertencia es la mejor inversión que podemos hacer en el verano.