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Por Graciela Guerrero Garay         Foto: WEB

Las farmacias son como los mercados, la mayor parte del tiempo llenas de personas y, el día que sacan medicamentos, comparables con las ferias de domingo. Recurrir a ellas puede ser la nota “traumática” en la agenda personal de cualquiera.

No siempre es el maltrato quien provoca malestar en los clientes, usuarios o consumidores – a esta altura de las reglas del servicio, cambiamos de categoría según el lugar o los términos de quien oferta o sea el “dueño”-. Tampoco la demora por los trámites requeridos para hacer el “tarjetón”, o si a quien le toca es un domicilio que viene a comprar las íntimas de más de 14 libretas desesperan detrás del mostrador.

El tema tiene espinas, demostrativas de que el trabajo en los dispensarios requiere análisis prácticos, realistas y profundos, más cuando la ubicación de los mismos se corresponde con un número X de consultorios, es decir, la gente de La Victoria debe comprar en su zona y salvo situaciones peculiares, se le vende en otro lugar. O sea, sus locaciones responden al sentido de acercar la farmacia a la comunidad, un reclamo de los electores en las rendiciones de cuenta y materializado, por ejemplo, con la Leningrado, en el Consejo Popular 18 de esta ciudad.

Los horarios fueron extendidos, pero las colas no acaban, incluso de noche. La falta de medicamentos y el acaparamiento parecen ser el leitmotiv, pues inexplicablemente a pocas horas de empezar el nuevo ciclo de venta “el se acabó o no hay” sucede con demasiada frecuencia con los analgésicos, antitamínicos, cremas, diuréticos, antiparasitarios, sedantes… y puede extenderse a cualquier producto de hasta los registrados en el tarjetón.

El déficit de medicinas es objetivo. En los medios nacionales es noticia en la medida que las quejas llegan de todo el país, lo mismo que el asunto de las ventas por la calle, tratado hace muy poco en La Habana  por el Ministro de Salud Pública, Roberto Morales, quien llamó a estos trabajadores a rescatar la dignidad de los servicios y la honradez del gremio. Las Tunas no está ajena a ese mal.

Sin embargo, tan urgente y necesario de mirar con garganta profunda es igual el tema del vencimiento de las recetas médicas, válidas solo por una semana para los antibióticos y antiparasitarios, y un mes para los restantes. ¿Es coherente sostener esa regulación cuando la falta de medicinas es real y no siempre tiene solución en siete días ni en un mes? ¿El gasto de recursos como papel, modelos, tinta y demás la justifica en los momentos actuales?

Si le sumamos el hecho de la cantidad de pacientes que, por una simple receta, tiene que dirigirse, esperar e interferir el ritmo de trabajo de los consultorios y, por consiguiente, el tiempo de atención de los galenos, es elemental sopesar una medida que no tiene fundamento lógico, máxime cuando varios de esos fármacos aparecen en la lista de “está en falta”.

Organizar el trabajo, sobre todo, en los cambios de turno, para evitar una espera tediosa en tiempos de prisa y con una población envejecida y con limitaciones físicas –que no tiene en la mayoría de las farmacias ni donde sentarse, ni ventilación adecuada, ni bebederos– es un imperativo. Quizás no sea ocioso poner un listado de los medicamentos existentes en las afueras de estos locales. Se acabarían muchas interrupciones a nivel de mostrador.

Y puede, quizás, que resulte una inversión más coherente imprimir sueltos que informen dónde existe la medicina que se busca o cuál faltará por tiempo ilimitado, pues no siempre en las farmacias está clara esta realidad y, si lo solicita el enfermo, deben llamar por teléfono, cosa que muy raras veces se logra en el primer intento. O distribuir con más racionalidad, porque cada área de salud conoce las patologías y tiene control de sus pacientes.

Muchos se preguntan por qué en las farmacias de la Calle 7, en Buena Vista, o la del edificio 12 Plantas duran los medicamentos, en tanto se esfuman en la “Camilo Cienfuegos” o el “Leningrado”, por ejemplo, pero esta situación se da con todas y todo apunta a que se abastece sin tener en cuenta la demanda específica de las comunidades a las cuales se tributa.

Se trata sí, de mirar con pie en tierra este servicio, hacerlo verdaderamente eficaz y poner al cliente justo en su lugar: es un enfermo, no un ciudadano cualquiera.