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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: Cortesía de la Familia

Sus canas le alumbran el rostro y un brillo mucho más locuaz le aviva la mirada. Siempre está llena de recuerdos y es de esas personas dispuestas, aún en medio de algún lapsus mentis temporal, a buscarse dentro cada huella de su vida. La conversación amena, pausada y con hipos de silencio como para echarle más fuerza a la memoria, a veces abre espacios  blancos en mi agenda. La escucho, simplemente, la escucho.

Ama y conserva intacto todos los segundos de sus días de combatiente. Es una tradición que viene como un karma, un buen karma, por supuesto. Ahora no está en Las Tunas, pero me asegura a través de una sus hijas que no olvida el mes de octubre. Imagino esa lágrima que nos estremeció en el encuentro que tuvimos antes de partir. Dos seres entrañables le aprietan el alma, su esposo Avelino  Guerrero  y  Camilo Cienfuegos.

“Yo muy poco puedo hacer ahora con mis años y mis enfermedades, pero mis hijos y mis nietos lo hacen. Desde el balcón miro las obras de la Revolución, los muchachos que pasan con sus uniformes de estudiantes de medicina, a mis bisnietos y nietos estudiar y jugar libres por ahí, tranquilos y seguros. Yo nunca pude hacer nada de eso. Y a mis hijas mayores las tenía que tener escondidas prácticamente, porque la gente de Batista, la guardia rural, nos amenazaba que si descubrían que ayudábamos a los rebeldes, nos las iban a quitar.

“Bueno cuando estaba embarazada de uno de los varones me metieron presa, estaba ya con ocho meses y habían delatado a Avelino. Él pudo esconderse y cuando vinieron a buscarlo y no lo encontraron, me llevaron a mí para ver si lograban que lo delatara. No me daban ni comida, pero  la mujer de uno de los guardias se apiadó de mí y escondida, me pasaba desayuno. Como no hablé, ella y la esposa del jefe de la guarnición intercedieron y me soltaron, pero desde ese día se apostaron dos guardias frente a la casa y aquello fue una tortura tan grande como en el cuartel.

“Por eso siempre les digo a mi familia que la lucha clandestina y la Revolución son tan grandes para mí como ellos. Conocí a Camilo y jamás lo olvido tampoco.  Bajó de la Sierra Maestra para organizar la huelga de abril y nosotros vivíamos en Cauto del Paso. Allí teníamos una botica – farmacia- pequeña, y en contacto con Miguel Capote San Román, el jefe del movimiento en la zona, apoyábamos de muchas maneras la lucha.

“Estábamos en una reunión. Recuerdo que Orlando Lara llegó primero que Camilo y organizábamos las tareas inmediatas. Un comerciante de Río Cauto le trae un sombrero a Camilo, muy parecido al que mi esposo conservó con mucho cariño y luego donó al Museo Provincial. Cuando Camilo se quita el sombrero y se pone el nuevo que le trajeron, mira a Avelino y le dice “y este es tuyo, enfermero”. Esas palabras suyas, ese encuentro, nos alentó más en         la lucha, y cuando llega este mes, siempre me hacen un nudo en la garganta”.

Alisa su plateada cabellera y pide un vaso de agua. Blanca González  Ramírez parece tener una máquina del tiempo y describe, con una exactitud admirable para sus casi 90 años, el carisma humano y la sencillez de Camilo Cienfuegos. “Nadie podía ignorar su presencia. A él me unen hechos muy profundos de la historia revolucionaria y nuestras vidas. Un 4 de mayo, en la casa de Miguel Capote, con una linterna negra que tenía Camilo, mi esposo le extrajo del cráneo un fragmento de metralla al combatiente Nené López, quien fue herido en el combate de La Estrella.   

“Había que salvarlo. Avelino estaba tenso. No podía fallarle a Camilo y si no operaba a Nené, se moría. Fue una misión muy difícil para los dos, yo lo ayudaba, pero jamás había tenido una situación tan compleja y delicada, y con el Comandante ahí, impaciente como estábamos todos. Al  terminar y ver que había resultado bien, imagínate. Todavía siento la fuerza de aquel abrazo  que le dio a Avelino y su voz en medio de ese momento tan grande: “desde hoy tiene el título de Médico”, y lo dijo con fuerza y un brillo en los ojos. Sus compañeros siempre fueron para él lo primero en todo”.

Temo emocionar más a esta mujer a quien los años no le quitan la ternura y el empuje de la juventud.  Quizás eso tenga que ver con que regrese a casa, después de varios ingresos hospitalarios de gravedad extrema, o que, con un delicado estado de salud, saque energías para besar a sus nietos y “perderse” por los montes de Las Tunas, para ir a un campamento del  Movimiento 26 de Julio a llevar mensajes y órdenes del Estado Mayor, de la Comandancia de Fidel, en aquella primavera de 1958 donde la lucha puso sobre el corazón de la Patria el albor de la victoria.

Valentía que rompe el misticismo del recuerdo y te arrastra hasta esas batallas vivas y riesgosas, en las que el Comandante Camilo Cienfuegos se agigantó para siempre en el alma de todos los cubanos. Blanca es un testimonio de esa grandeza que cada 28 de octubre convierte en flores los mares y ríos de Cuba y, por encima de todo, abre senderos de amor en las generaciones que no lo conocieron, y hace talismanes de esperanzas con su imagen de sonrisa amplia y sombrero alón.

La lágrima que esta guerrillera clandestina se quita del rostro con manos temblorosas, mientras pide le traigan el álbum de fotos para mostrármelas, es eternamente la perla que en algún lugar del infinito océano no deja morir la también frase histórica de Fidel: “En el pueblo hay muchos Camilos”.

Ahora mismo, a pocas horas del 28 de octubre, frente a mi balcón pasan de regreso a casa los pioneros de mi barrio y allá, en la primada Baracoa, muchas noticias cuentan, entre bromas, risas y sudor, que el pueblo se levanta. Hay seres, razones y hechos a los cuales jamás les alcanza la muerte.