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Por Graciela Guerrero Garay

Aunque el simbolismo de la cultura maya todavía nos aferra, según el libro sagrado “Popul Vuh”,   a que el hombre fue creado por los dioses a partir del maíz, no son los mitos occidentales las motivaciones principales que mueven a los agricultores en Cuba a fortalecer este renglón alimentario, sino un proyecto nacional que busca sustituir importaciones y consolidar el desarrollo agrícola.

Con ello se proyecta poner en explotación las tierras ociosas que sirvan para cosechar el producto – junto a otros que aporten dividendos a favor de la revitalización de la agricultura-, a un costo económico y ecológicamente ventajoso dado los elevados precios en el mercado internacional y la necesidad de que localmente se cultive todo cuanto se pueda.

En el sector agropecuario en Las Tunas, por ejemplo, esta meta augura ya resultados alentadores, aún cuando el territorio es azotado por severas adversidades climáticas, sufre las objetivas limitaciones de recursos e insumos que acarrea el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos a Cuba y arrastra las deficiencias e insuficiencias del deterioro por años de la agricultura, imbuida en el proceso de cambio que transforma al país a partir de los Lineamientos para la política económica y social de la Revolución.

De hecho, hasta el cierre de septiembre los agropecuarios tuneros vendieron al Estado 927 toneladas de maíz seco, cifra superior al plan previsto para la fecha y al que materializaron en igual fecha del año pasado,  las cuales se destinarán para la alimentación animal en aras de elevar las ofertas cárnicas y ahorrar, por tal concepto, erogaciones  de divisas para importar insumos, piensos o productos proteicos.

Incrementar las áreas del cultivo de maíz es otro empeño serio del sector agrícola en la provincia – que sembró hasta septiembre más de 6 mil hectáreas e incrementó la cifra planificada -, con lo que está en condiciones favorables para cumplir su programa del 2013.

Junto a estos hombres del maíz en Las Tunas, a lo largo de los restantes territorios cubanos también se aprecia esa voluntad de hacer de la cosecha – igual que la soja – una alternativa factible para reanimar las producciones agrícolas encaminadas a sustituir importaciones por conceptos de alimentos, un reglón que anualmente obliga a la isla a derogar sumas mayores para garantizar el abastecimiento de las redes comerciales y muchos de los cuales tiene que subsidiarlos.

Poco a poco, con muchas deficiencias y carencias objetivas, incluso con las tensiones del clima y la subjetividad del factor humano que incrementan los riesgos de obtener mejores rendimientos, la nación camina con mejores bríos y da más luz al surco, pues hay una voluntad cohesionada de cultivar aquí, en tierra propia, todo lo que necesita y reclama la mesa del cubano.

Y a estos hombres, quienes como los mayas veneran el maíz, se suman otros en los campos de frijoles, arroz, frutas y hortalizas, sin que se queden al margen los productores de cerdo, aves, leche y ganado vacuno. Sin falsas expectativas, se avanza y en los mercados se pulsa el despertar aunque, todavía, falte mucho y no estemos satisfechos.