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Por Graciela Guerrero Garay

Por toda Cuba hay calles húmedas y ese olor a lluvia fresca, muy bienvenida ante el calor intenso del día y la escasez de agua reincidente. Así amanece en las primeras horas de este 14 de junio, en el cual dos figuras se agigantan en perfecta convergencia histórica y popular: Antonio Maceo y Che Guevara.

Los matutinos y murales de las escuelas y centros de trabajo abren las puertas a la jornada con anécdotas, biografías, diarios de campañas, remembranzas de sus patrióticos ejemplos y, sobre todo, con un halo de cariño y agradecimiento a sus luchas por las ideas de hacer de la Isla una nación libre y digna de y para su pueblo.

Quizás hoy, como nunca, tengan mucho más razón quienes afirman que la casualidad no existe y, la causa, brille por encima del tiempo. O, tal vez, otros busquen las posibles coincidencias del destino. Para cubanas y cubanos el nacimiento, en años muy distantes, de Antonio Maceo y Ernesto Che Guevara destaca en sentimientos y compromisos de combate, tal como ellos lo hicieron cada minuto de sus vidas. Y esa verdad enorgullece y resalta, dignifica.

Estas huellas enardecen las voces infantiles que le recitan poemas o leen los parajes de sus obras revolucionarias. Fortalecen los hilos conductores de estar en la vanguardia de los héroes, en los sitiales de historia, en los libros de texto y en la memoria que los inmortaliza y unirá siempre a significativas batallas de la Patria.

El Titán de Bronce, hijo de honor de la estirpe de Mariana Grajales y los Maceos, ganó sus grados de Mayor General a las órdenes de Máximo Gómez, en la Guerra de los Diez Años y, machete en mano, calificó como el más grande estratega militar de las guerras independentistas. Santiaguero de cuna, hasta el momento de su caída, la libertad de Cuba fue su sueño, meta y convicción.

De Rosario, Argentina, el Che partió a encontrarse con la eternidad que se conquista con valor y humanidad, convertidas, con la virtud y el ejemplo, en símbolos permanentes del más noble de los combates: el internacionalismo. Su muerte en Bolivia, la entrega a la Revolución junto a Fidel y su irrevocable decisión de alimentar el aliento de cualquier causa justa y emancipadora dan fe, como Maceo, de las estrellas cifradas en sus frentes.

Este viernes, en la Isla verde del Caribe, sus nombres van de amores entre las odas de un pueblo erguido, donde por siempre estarán sus huellas y cada 14 de junio volverá a ser un encuentro. No hay casualidad. Sencillamente, nacieron el mismo día y así andarán cabalgando, entre la luz, cabalgando.