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Por Graciela Guerrero Garay

Las familias cubanas viven y tienen el privilegio del arraigo del cariño y la solidaridad por encima de los intereses materiales y consumistas que marcan, desgraciadamente, a un gran número de personas en el planeta, que ha sido convocado por la Asamblea General de las Naciones Unidas a celebrar el Día Internacional de la Familia en su XIX edición.

Ese concepto de unidad que aboga la Resolución 47/237 del 20 de septiembre de 1993 es una ley natural que emana por sí misma en la mayoría de los hogares en Cuba – sino en todos-, y esta realidad está implícita y explicita en los proyectos que se trazan para aprovechar el tiempo libre y las vacaciones masivas, que ya empiezan a perfilarse a partir de esta segunda quincena de julio.

Compartir y disfrutar de conjunto es más que una intención de los núcleos familiares a lo largo y ancho del archipiélago, que a través de sus instituciones recreativas, culturales, deportivas y polivalentes conceptualiza los programas integradores y los lleva a vías de hecho con propuestas donde prevalecen la variedad y la inclusión de atractivos para todas las edades.

Mientras la ONU explica que ha dedicado esta fecha en el 2012 a la conciliación, porque durante los últimos años las tendencias demográficas y socioeconómicas originan cambios importantes en la vida laboral y familiar, Cuba está en condiciones de esperar y festejar el 20 de septiembre con un patrimonio vivo de lo que estos preceptos encierran.

Aún cuando no escapa de los riesgos y las crudas realidades que amenazan la armonía doméstica y familiar en el planeta, la isla es bandera en las relaciones afectivas padres-hijos y lo patentiza en canales tan íntimos y necesarios como la constante preocupación por la escolarización y la salud de sus descendientes, al margen de las posibilidades, oportunidades y potencialidad de acceso que le facilita el Estado.

El enfoque de la Asamblea General  reclama la búsqueda de un equilibrio entre el tiempo que se le dedica al trabajo y a la atención a los seres allegados, fundamentalmente los descendientes directos, por el choque negativo que esto trae a las relaciones e interacción familiar.

Este verano – como todos los anteriores y los que vendrán-  constituye por sí mismo una respuesta real y demostrativa de que en Cuba el arraigo familiar no es impositivo y se complementa y fortalece con los vínculos participativos, democráticos y complementarios que existen entre gobierno y sociedad.

El 20 de septiembre próximo cuando se hable de concientizar los nexos afectivos en el resto del mundo, los cubanos estarán todavía contado sus anécdotas veraniegas y andarán de manos padres e hijos, tíos y abuelos, hermanos y amigos  por las calles y los trillos para seguir otro sueño consumado: el curso escolar 2012-2013 que es, sin duda alguna, un retablo de unidad y desvelo familiar por ser cada vez mejores.