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Por Graciela Guerrero Garay

Llegó junio para poder darte un abrazo más especial que el de costumbre. Tu figura se crece, mientras el tiempo llena todos los almanaques. Eres necesario y vital, jamás lo dudes.

Papá, este domingo quiero que sepas mis pactos con tu amor. Me resisto a tu ausencia. No renuncio a tus besos. Quiero mantener para siempre, aunque existan las canas, la feliz sensación de cabalgar sobre tus hombros. Jugar a la pelota. Llevarnos de la mano.

Apuesto por el amigo fiel, regañón y tierno. Me apego al ejemplo del hombre trabajador y talentoso. Esforzado por encima de cansancios y misiones. Me voy con el soldado. Persigo al guerrillero. Anoto tu ideal y lo hago mío.

Espero tu voz después de la ruptura. Busco tus ojos en la niebla del camino. Empino los talones para alcanzar tu altura. No acepto desencantos existencialistas. Eres imprescindible. Exijo tu presencia. Hoy quiero que sientas la dimensión exacta del cariño. Mañana, cuando seas un hito de nostalgia en la memoria. Después, cuando te espere y no regreses.

Siempre, papá. Porque no creo en los estigmas que te reniegan y maldicen. Y este junio que te regala un día para amarte, deseo tu sonrisa preñada y convertida en esos cascabeles que me pintaste, allá, en la grupa de tus brazos y el gorjeo indefinido con que pagué tu amor.

Felicidades, padre. Ni los espejos burlescos deformarán tu imagen. Este nexo de todo es de los dos.