20120617075208-lloashe.jpg

 

 

Por Graciela Guerrero Garay

El Día de los Padres ya es en Cuba una hermosa tradición que se apega a los más jóvenes como el segundo domingo de mayo, dedicado a las madres. Años tras año, a ese hombre que es eje también de nuestras vidas se le abren espacios más allá del sentimiento y se le reconoce su protagonismo en la vida doméstica y social.

No es un movimiento telúrico de la consciencia ni la evolución de la materia. Es un derecho que ha ganado en estos tiempos, donde su rol sube peldaños en el cuidado de los hijos, incluso desde el mismo nacimiento, al poder acompañar a la esposa en el parto y tener la opción de una licencia de maternidad si así lo decide, aún cuando no son muchos los se acogen al beneficio de esta ley y las abuelas y mujeres de la familia asumen en mayoría la llegada del bebé.

Hoy toda Cuba abraza a Papá. Le despierta con un beso. Entrega regalos. Le da mimos especiales. Lo lleva de paseo. El mito marginante de “que padre es cualquiera” es solo un punto desdibujado en la agenda del machismo. Papá, es mi papá. Insustituible en el ejemplo, necesario en la armonía del hogar. Importante en cada paso del presente y el mañana.

Siempre papá. En la ausencia que lastima la alegría. En el recuerdo de una partida inconcebible. En el rechazo a una muerte inaceptada. Enorme como amigo. Cautivante en los juegos. Vital e imprescindible.

Orgullo permanente de tenerlo ahí, multiplicado en el don del regaño justo y oportuno. En la palabra que hace crecer cada minuto. En las tareas escolares. En los triunfos y las escaramuzas.

Es un domingo peculiar, cubano. Nuestro y extendido a todas las latitudes del planeta. A los héroes y los mártires. A los padres que hoy dan su sabia porque el mundo sea verde y lo pueblen las palomas. Salga el sol y brote la esperanza.

Cariño que rueda por las calles y contagia. Se hace beso en el rostro de esos jinetes apuestos que nos levantan y enseñan que tropezar es bueno. Y nos convencen que allí, entre los olores del sudor y la rudeza de los brazos, está el secreto de amar y de vivir.

Felicidades, Papá. Eternamente has merecido este amor legendario. Tu día, este tercer domingo de junio, solo es un pretexto para acunarnos y sostenernos en ti, una vez más.