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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando el escepticismo siembra dudas entre los ecologistas y expertos medioambientales que participan en la cumbre Río+20, los que saben a ciencia cierta lo que significa un evento de este tipo para el futuro de la humanidad y la sostenibilidad del desarrollo en la tierra tratan de cifrar la esperanza  en la sociedad civil, pues pocos esperan del compromiso de los Estados para eliminar las causas que afectan al planeta hoy.

Reportes citados por agencias en sus espacios digitales dicen que los especialistas que presentaron, en Paris, el “Manifiesto por el retorno a la Tierra” opinan que “en la cumbre habrá una confrontación entre los países del norte, preocupados por la crisis, y las potencias emergentes, a las que solo les interesa el crecimiento y no quieren ni oír hablar de cuestiones ecológicas”.

El criterio de Alfredo Pena Vega, investigador firmante del documento, hace eco a las expresiones de World Wife Fund (WWF), una organización ecologista que alertó sobre el fracaso de la cumbre por las mismas razones, así como a las de Francois Hollande, presidente  de Francia, quien reclamó que la situación económica y las crisis internacionales como la de Siria no hagan olvidar los problemas medioambientales.

Otro entendido, Gert Peter Bruch, representante de la Asociación Planeta Amazonía,  señaló que “los indígenas y campesinos se juegan la vida en este foro, pero nosotros nos jugamos el futuro”, expone la noticia de EFE al relatar la reunión en París, que puso su mirada crítica en Brasil, por su política medioambiental y el nuevo Código Forestal, que pone en peligro el estilo de vida de las tribus en esa región y es muy agresivo con la selva amazónica.

Con estos puntos de vistas, que llaman la atención de los medios internacionales, los debates iniciales de la Conferencia intentan alcanzar las negociaciones que no se logran hasta aquí para llevar a vías de hecho el objetivo de Río+20, que es conseguir un documento comprometido que haga realidad el concepto de economía verde y de estructura mundial, de forma institucional, a las políticas de desarrollo sostenible.

En tanto, la humanidad consciente y advertida de sus riesgos reales espera que esta vez no suceda como hace 20 años atrás, pues al margen de consensos y diferencias el presente está más cerca del abismo que hace dos décadas y ya es hora, sin tapices, de que cambien pinceles y colores del planeta. Los responsables tienen que decir basta y apuntarse con el dedo. La salvación del hombre y la tierra, ellos incluidos, lo meritan.