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Por Graciela Guerrero Garay

Ya se ha dicho muchas veces que la contaminación ambiental engendra enfermedades, más en tiempos en que el cambio climático nos azota y está demostrado y se divulga por los diferentes medios de comunicación, con argumentos que llevan el crédito de analistas e investigadores y se acuñan con el ojo previsor de la ciencia.

La lucha por erradicar el dengue y su agente trasmisor, el mosquito Aedes,  no acaba nunca. Por algún lugar, aunque el vector haya creado sus propias fortalezas y se resista al combate, surge un nuevo foco. No tengo idea exacta de cuantos millones le cuesta al Estado esta batalla, pero son varios en recursos materiales y humanos.

Del ruido y los desechos, los basureros improvisados, el estiércol en las calles, el maltrato al ornato público, los salideros de agua, las fosas tupidas, el irrespeto a la propiedad social, el robo en el pesaje de los productos, la mala educación formal y el reunionismo sin aportes de soluciones y si una ensarta de justificaciones y problemas subjetivos también se ha dicho y recontradicho, criticado y abordado con honestidad revolucionaria por la prensa y el pueblo.

Sin embargo –aunque la lista de problemas es más larga y profunda- todo casi sigue igual o se elimina aquí y prevalece allá. A veces, en esos días en que la gente se acerca a uno a pedirle que el periódico “suelte sangre”, tengo la percepción de que muchos confían en que es la única vía de que encuentren solución. Y me pregunto, ¿por qué este estado de pesimismo en determinados momentos?, aunque es real que la denuncia pública encuentra más rápido oídos receptores que si se hace “in situ” con las administraciones o mediante los libros de quejas o sugerencias que todavía quedan por ahí.

 Y si bien siento que somos, como entes sociales,  responsables de muchas incongruencias que encontramos a diario en nuestras calles, la verdad es que todavía nos gana la autocomplacencia y la ineficacia en las gestiones administrativas y, a mi modo de ver ciertas urgencias, vamos lentos para la premura de estos tiempos. Es un despertar con un ojo cerrado. Y esta falta de agresividad para llamar las cosas por su nombre y buscarle soluciones alternativas o darle un orden de prioridad en las agendas, es lo que engendra ese estado de ánimo en quienes sienten verdadera pertenencia con lo que hacen y por donde transitan.

Este viciado estilo de trabajo tienen que romperlo los que hoy asumen responsabilidades públicas y son el rostro de las entidades e instituciones que representan. No siempre hay recursos, pero tampoco  puede haber  siempre un no se puede eternamente facilista. Cuando el hombre quiere, puede. Y el ejemplo no esta en otro lugar del planeta, está aquí. Ayer, por ejemplo, veía restos de basura en los alrededores de los muy mal hechos vertederos (para mí) de los alrededores del seminternado Rafael Martínez. ¿Por  qué los responsables de recoger la basura se llevaron solo lo que estaba acumulado en el mismo? ¿Si supieran que detrás venían a chequearles el trabajo o le afectarían el salario, lo hubiesen hecho así?

Semanas atrás impermeabilizaban el techo del edificio 63, en el Reparto Santos, y la brigada que trabajaba allí, sin más ni menos, tiró desde la altura una carretilla de tierra que sonó como una bomba y llenó de polvo al vecindario entero, donde hay cerca escuelas primarias y un círculo infantil. ¿Dónde estaba el jefe de Brigada? ¿Y el raciocinio de estos trabajadores? Eran cerca de las ocho de la mañana y el movimiento de escolares por allí es masivo.

Con acciones de este tipo, cómo evitar virosis, catarros, contaminación. Hoy como nunca, para detener los malos pasos y coger el camino que tenemos que coger, hay que controlar, cumplir, depurar y trabajar BIEN. Más de lo mismo, ¿por qué?