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Por Graciela Guerrero Garay  Fotomontaje: Chela

Muchos recuerdos me vinieron de golpe la primera vez que vi a Giustino Di Celmo enjugar sus lágrimas. Ese día compartíamos los festejos por el  X Aniversario del hermanamiento entre la región de Lombardía y Las Tunas. Su dolor estaba vivo. No había pasado el tiempo. Contaba. Sacaba el pañuelo. Se pegaban las palabras. El silencio envolvía a las casi 100 personas  - quizás más- que estábamos en el memorial Mayor General Vicente García  de la ciudad Balcón del Oriente de Cuba.

Nuevamente el terror del terrorismo nos caía a todos encima como un Frankenstein  de última generación. Más cruel, más monstruo, más ambicioso, igual de repugnante y vil. Ni borrándolo de la faz de la tierra podrá empequeñecer tanta pena, tanta angustia, tanta crueldad. La memoria y los recuerdos son fenomenales. Di Celmo traía al salón los minutos de vida de su único hijo Fabio, asesinado en La Habana, en el hotel Copacabana, víctima de un atentado. Su impotencia era enorme. Su muchacho ahí y, en ese mismo instante, efímero, intocable, inerte, muerto.

Como un plomo me cayó el recuerdo. La caja negra del avión de Cubana repetía, cual eco maldito, las palabras del copiloto…”pégate al agua, pégate al agua…” No hacia falta mucha imaginación para sentir la desesperación de las 73 personas que viajaban en la nave.  No había que ser mago para sentir los sollozos y tener la certeza de que toda la alegría de esos deportistas, jóvenes que regresaban a Cuba con sus medallas olímpicas, se trocaba por una angustia enorme, infinita, letal. Entre ellos venía Carlos Leyva, de Las Tunas.

Han transcurrido años y todavía me parece verme en la sala de mi casa, con mi uniforme escolar de secundaria básica, mirando en el televisor la noticia que vistió a Cuba de luto. Pusieron una bomba en el vuelo que venía de Barbados. Cayó al mar. Murieron todos.  Lloramos mucho. La Isla fue un solo grito de indignación y tristeza. No era para menos. No hace falta llevar el mismo ADN para sentir el dolor ajeno como propio, basta saber lo que es la fuerza del cariño familiar, el sentimiento, la emoción del que aguarda el regreso de un ser querido y así, de pronto, sin alternativas, definitivamente,  conocer que no llegará jamás.

Esos cubanos no sintieron los besos y los abrazos que les tenían guardados. Las madres no pudieron dar a sus hijos el torrente de amor que atesoraban. Los esposos y esposas no tuvieron jamás la tibieza de los cuerpos amados. Muchos hijos crecieron sin sus mamás y sus papás. Un vació abismal marcó para siempre cientos de hogares. ¡Y todavía ese engendro de Drácula que es Posada Carriles anda suelto! Es más, este 12 de octubre, acabo de escuchar que le rinden homenaje en Miami. Absurdo, pero cierto. El autor intelectual del sádico y brutal sabotaje vive la dulce vida. Y las lágrimas de tanta gente humilde, trabajadora, sencilla, honesta, no encuentran descanso. El crimen sigue impune.

Giustino Di Celmo sabe cuanto duele. El terrorismo y el odio rabioso contra Cuba le enlutaron su alma para siempre. Pero no es solo él y nosotros, son millones más los que ahora mismo pueden estar llevando flores a los cementerios o contando añoranzas a una fotografía. Mientras, la meca del terror hace listas negras y cambia las reglas ordinarias. Alaba la mentira. Publica en la prensa lo que no es. Confunde a multitudes, manipula, silencia y sigue contratando seres sin piedad ni humanidad para que hagan terrorismo.

Por las calles de New York cuentan que andan miles ahora mismo, también, esperando descubrir entre los caminantes a sus seres queridos. Hambre de amor. Vana esperanza. Miedo en los ojos. Eterno desconsuelo. La injusticia tiembla, como dijera Fidel Castro en la despedida a las víctimas del sabotaje de Barbados. Las Torres Gemelas son un escenario más. El culpable es único: Estados Unidos.