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Los pasos de mi ciudad

Por Graciela Guerrero Garay

He crecido con mi ciudad, y mi ciudad conmigo.  La diferencia está en que ella, desde que un día bien lejano, hace 214 años, empezó a notarse como cacicazgo y juntó piedra sobre piedra, yo, quizás navegaba en los mares de los imposibles encuentros con la tierra.

Con el tiempo, me monté en su máquina de memorias en archivo y comencé a conocerla. No tenía mucha gente ni muchas cosas. Una impronta de “campo urbanizado” tal vez fuera el mejor símil para retratarla, en etapas donde mi niñez no me permitía razonar términos como sociedad, desarrollo, evolución demográfica… y otros tantos que definen el estatus social de un territorio.

Empero, empezando por mi padre, recibí de sus viejos moradores ese torrente de recuerdos y vivencias que me permite, ahora, en su cumpleaños, valorar la justa dimensión de sus avances, aunque más de un tunero, quejoso e inconforme, te diga a la ligerita que ha involucionado o que todavía es una aldea.

Los cubanos somos así, como un viejísimo aforismo que soltaba mi abuela cuando le armaba una perreta, justo al momento en que debía brincar de entusiasmo: “eres como mamá Melchora, si te la dan, gritas, y si te la quitan, lloras”. Puede que al emitir esos criterios la estén comparando con Hong Kong  o apliquen la teoría del vaso medio lleno o medio vacío.

Las Tunas es, paso a paso, una curva ascendente, en constante evolución, sobre todo en las últimas décadas. No creo que en sano juicio, alguien se atreva a negarlo, aún cuando le falta muchísimo para estar entre las urbes cubanas  de mayor desarrollo integral e integrado. Con sus calles sin asfaltos, sus periferias marcadas todavía por casitas de modesto andamiaje, con sus laterales con yerbas o desolados, sin esas arboledas frondosas que dejan escapar la tenue luz de una lámpara de neón o los caminos de adoquín, cemento o lozas finas.

Pero con toda su impronta inacabada, jamás es ni volverá a ser la de otras décadas. Ilustra, sobre todo en su casco histórico y centro capitalino, los cambios renovadores que sacudieron a la Isla después de la División Administrativa y que la categorizaron como una de las 14 provincias del país y una de las cinco que forman el llamado oriente cubano. Es su ciudad Balcón, la ciudad de las Puertas Abiertas.

Una cremería con aires modernos, un bulevar amplio y seductor, un cine – teatro que guarda en su escenario los perfumes de relevantes figuras de la cultura nacional e internacional, galerías de artes, Piano – bar, discotecas, comercios, restaurantes, hoteles, plazas, parques… casi todo construido o remozado en estos llamados años de Período Especial, en momentos donde el buen samaritano sabe que todo está mutilado y que una inversión cuesta el triple o más que en los años anteriores a los 90, en se derrumbó la Unión Soviética.

Por eso mi ciudad no deja enamorarse por las aves de paso que intentan incrustarle vaticinios fatales. O por quienes, en vez de regalarle una rosa en los atardeceres, pretenden herirla con papeles rotos o dardos envenados de palabras obscenas. Por eso no cede al enemigo que la acecha para maldecir sus aires frescos o pisotearla, ultrajando el presente que enseñorea por encima del tiempo y las añoranzas, las frustraciones o los deseos.

Las Tunas tiene ya 214 años. Cada aniversario le brota un botón nuevo, sea una mujer o un hombre, una avenida o una escuela. Crece, mesuradamente, crece. Abre ventanas, levanta puentes y no quiere ser ese espejismo de candilejas y música enlatada. Quiere ser lo que es, una puerta abierta al presente y el mañana, un cielo común donde nacen arco iris, un tufillo a pan fresco y azúcar caliente, una décima perenne.

Crecí con mi ciudad y lo venero. Asistí a sus partos más hermosos. Huelo el sudor de mis paisanos. Disfruto sus puestas de sol y sus estrellas. Y al final, cuando se viste de silencio y luna llena, me convenzo: no es Macondo ni París, es ella, la indómita  ave fénix, la que quemó su vientre y resurge cada día con más brío, más obras nuevas que huelen a esfuerzo revolucionario, a sacrificio pleno por mejorar la vida y a esa voluntad invencible de Cuba y los cubanos de hacer su destino pleno, contra viento y marea. Es amor.