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Por Graciela Guerrero Garay

Es una virtud bonita al final de las cuentas. Abre espacios, reafirma amistades, da crédito profesional o afectivo, dignifica, pero también puede complicar la existencia y ser un “contravalor” en esferas emocionales. Incluso, los excesos de confianza generan, muchas veces, en cuestiones administrativas, relajamiento de la disciplina laboral, falta de exigencia y control y mal manejo de los deberes y derechos propios de los escalones de mando, entre tantas cosas más como desvío de recursos y abuso de poder.

Me confíe, me contó una amiga cierta vez que un gran faltante económico la llevó a los Tribunales y, de ahí, a una condena penal. Nadie ajeno estuvo en esa historia, solo su “gente de confianza”.  Matrimonios deshechos conozco igual por esta cualidad humana de doble filo que hoy, ante tiempos bien duros y un virus mortal que nos mutila  desde los hábitos hasta la convivencia, se requiere repensarla con responsabilidad, sin dobles lecturas ni supuestos y una madurez vital para no sembrar lamentos y recoger tragedias.

Ahora pienso en los contagiados con el SARS- COV-2 y son asintomáticos. En aquellos que por no “crear malestar en vecinos y amistades” permiten visitas innecesarias. En quienes “confían “ a ciegas que la enfermedad no les alcanzará nunca y se sientan en cualquier parte, ponen las manos donde se les antoje, se pegan a los otros, hablan, abrazan y bajan el nasobuco cerca de desconocidos o conocidos, sean grupos grandes o pequeños.

En los que llevan o dejan jugar a sus hijos pequeños ( al final no importa la edad) a parques o lugares donde saben afluye cualquier tipo de personas y, confían, que con el nasobuco están libre de contagio. Una cadena infinita de hechos que nos delatan como “seres confiados” y, lo peor, es que hasta los que abogamos por normas más coherentes nos cogemos alguna vez en determinados descuidos.

Una vecina me alega que “es demasiado tiempo y ella no puede vivir con miedo. Que sea lo que Dios quiera”.  Le argumento y dejo claro que no estoy de acuerdo. Ser responsable, precavido y consciente de sus obligaciones como ente social no significa ser miedoso. Cada mañana al escuchar la conferencia del Ministerio de Salud Pública en voz del respetado Doctor Durán y luego releer la noticia personalizada de la provincia, me asaltan y sobrecogen las mismas preguntas.

¿Nos estaremos adaptando de algún modo, o al menos grupos de personas, que este virus si nos toca, nos toca, y si no, felicidades? ¿Qué habrá que hacer para que los molotes no sean el signo más visible en todas partes? ¿Cuán difícil es para los padres trasmitirle a sus hijos, incluso a los pequeños de 2 años en adelante, que no son tiempos de jugar pelota ni de manos con sus amiguitos en el cuido, el círculo infantil y la propia casa?

Si este Covid – 19, como el Dengue, se prolonga más allá de voluntades científicas y humanas, ¿cuál será la actitud de la población, si sabemos que las mutaciones lo hacen cada día muy complejo? Entonces, la confianza huele a peligrosa virtud y recuerdo la frase martiana alertando: “En prever está todo el arte de salvar”.  Y esta sentencia viva, tan necesaria, como si 1883 cuando la escribió, fuera este siglo XXI…”  la verdadera medicina no es la que cura, sino la que precave: la higiene es la verdadera medicina. Más que recomponer los miembros  desechos del que cae rebotando por un despeñadero, vale indicar el modo de apartarse de él”.