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Por Graciela Guerrero Garay          Foto: De la autora

Las Tunas. – Es una guerrera, como toda madre entregada. Las fuerzas le alcanzaron – y le alcanzan- para sobrellevar las pruebas de la vida. Por eso, al bucear un poco dentro de esta destacada enfermera tunera, encuentro sonrisas, optimismo y valentía. Nada de quejas ni lamentos. Nació en Banes, Holguín, pero creció en la tierra de su padre. Desde temprana edad,  Arelis Peña Cruz echó su suerte por estos caminos.

“Empecé en el hospital Guevara en 1990, en la sala de Medicina, donde trabajé como enfermera general. Fue una escuela para mí. Aprendí mucho con los médicos y las colegas de mayor experiencia”, recuerda. La cercana fecha del Día de las Madres la desborda. Tiene el regocijo de recoger ahora, quizás cuando más lo necesita, la ternura que sembró en su hijo.  

Los ojos se le iluminan. Salió embarazada y tuvo que renunciar a mantenerse en ese centro de asistencia. Su pequeño no estuvo bien de salud y recomienza en el policlínico Gustavo Aldereguía Lima, en 1999. Sentimientos de madre y enfermera se le anudan. La voz es dulcemente fuerte cuando vuelve sobre aquellos tiempos:

“Comencé a laborar dentro del programa del Médico y Enfermera de la Familia, un universo donde me reencontré totalmente, pues la atención primaria te enfrenta a la pediatría, la ginecología, los ancianos y todo tipo de pacientes. Afianza conocimientos. Fue un reto, que pude acompañar con la crianza de mi hijo y varias responsabilidades, las cuales asumí también en el hospital. Fui secretaria general de la sección sindical y de la juventud, y desde entonces pertenezco a la Organización No Gubernamental de Enfermería, tanto en el municipio como la provincia”.

Mueve el andador que hace casi dos años le acompaña. Quedó viuda y con la estela de dolor, la crianza en solitario del hijo adolescente, nunca dejó de cumplir con su labor en el consultorio 123-01, enclavado en el área de edificios multifamiliares cercanos a la Universidad Vladimir I. Lenin, en esta ciudad.

“Me siento muy orgullosa de esta etapa. Es una población bastante amplia, pero muy buena. Aquí me sucedió todo. Pasé por estos complejos momentos personales, ocupé cargos en el sindicato y en el Partido, atendí la Filial de Enfermería municipal y me llegó la honrosa misión de ser internacionalista en la hermana Venezuela. Estuve dos años y regresé con evaluaciones excelentes, mayor experiencia y muy motivada a entregar más”, dice y otro hipo de melancolía parece sacudirle y levantarla a la vez.

Su hijo no le falló. La carrera universitaria marchaba muy bien y pudieron sortear desde la distancia los retos existencialistas. Las mejores opiniones, diplomas y reconocimientos acompañan su licenciatura en Historia y Marxismo hasta hoy. Vuelve a trabajar, pero un día Arelis siente que algo anda mal.

“Fatalmente me enfermé. Tuve una artritis séptica de la cadera muy complicada. Fueron varios días en terapia intensiva, con alto riesgo y mucho sufrimiento. Mi hijo, así tan joven, no se apartó de mí, me cuidó y nunca dejó tampoco de ir a la universidad. Somos los dos solos, aunque tengo el apoyo de mi sobrino y el resto de la familia, mis vecinos y compañeros.

“Actualmente no puedo caminar, lo hago con un andador, pero felizmente poco a poco hago las cosas de la casa. MI muchacho me ayuda mucho. Es mi alegría de madre, lo más grande que tengo. Y de mis compañeros de la Salud tampoco tengo quejas, estoy muy agradecida. Por eso me siento muy orgullosa, mucho, de ser madre y enfermera de esta Revolución”, afirma segura como esa guerrera de la vida que es. Y su sonrisa perenne brota y vuelve a retozar en la luz de sus ojos. Es una madre dichosa. Sembró bien y los frutos están aquí.