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Por Graciela Guerrero Garay               Foto: Internet

Las Tunas.- El custodio de la escuela primaria Tony Alomá suma a la acostumbrada vigilia otras tensiones: un grupo de muchachos entre los 11 y 17 años brincaron la cerca perimetral del plantel y empezaron a tirar piedras. La situación, por reiterativa, le llevó a comunicarlo a las autoridades competentes. Dejan de hacerlo y vuelven a la carga.

Arturo Bouza no es desconocido en el Consejo Popular 18, en el cual se enclavan varios edificios multifamiliares del reparto Santos, en esta ciudad. Por largo tiempo se desempeñó como cartero. Al acercarse a esta reportera tenía la lógica preocupación de una persona responsable y exigente, junto a la impotencia de no encontrarle solución por sí mismo a estas indisciplinas juveniles, “porque salen corriendo, y a mi edad no puedo alcanzarlos. Hasta la presión la tengo descompensada”, dijo.

A pocos metros de allí, un grupo de jubilados también tuvo esa amarga experiencia, en una de las noches en que juega dominó. Al indagar sobre el hecho fue solo esa vez.  Sin embargo, no pudimos comprobar si coincidió o no con las denuncias de Bouza.

Estos comportamientos tienen consecuencias impredecibles. Atacan la integridad de las personas, la propiedad social y fungen como señales de alertas nada despreciables, si a tiempo no actúan de manera coherente y rigurosa los tutores. O la comunidad asume una tolerancia que, en mayor o menor grado,  gana terreno ante las actitudes incorrectas de algunos jóvenes.

En la familia recae, sin dudas, el mayor compromiso de evitarlas, más si suceden en horarios y días en los cuales los menores de edad y los adolescentes deben estar en la casa o bajo la mirada paterna, de salir a la calle.

Coincidimos con nuestro lector en la necesidad de montar algún tipo de vigilancia policial por los barrios, fundamentalmente en aquellos donde existen centros proclives a cualquier acción delictiva. Este hecho pudiera tomarse como una “cosa de muchachos”, sin embargo el riesgo a caer en infracciones mayores a destiempo crece en la medida que se sienten invulnerables en el hogar o los espacios públicos.

No son pocos los chicos y chicas que han torcido sus caminos por descuidos de atención y vigilancia hogareña. Llevan a las escuelas “sus hazañas” y hasta determinados adultos los convierten en “superhéroes” delante de sus compañeros y la semilla, sin sembrarla con mala intención siquiera, ronda por esas mentes que requieren de relevancia, porque justo carecen de madurez.

Al margen de cuanto se pueda responsabilizar a la escuela de mala organización del trabajo, falta de profesores, mal ejemplo de los mismos o tener claustros docentes tan jóvenes como los alumnos, el hogar será siempre la fragua de las buenas virtudes y el abono para que nazcan árboles robustos. Muchos maestros y profesores se quejan de cierta complacencia “puerta adentro”.

A las reuniones asisten, por lo regular, los padres de los alumnos sin problemas. En contrapartida, estos confiesan que sus hijos “son muy fuertes” y cuando dicen no ante determinadas situaciones, les sacan que a fulanita o menganito se lo permiten.  

Es una realidad visible, la cual en opinión de Bouza desarticula cualquier intento de poner orden o exigir respeto ante actos como la tiradera de piedras. No siempre el seno familiar es disfuncional. Un sondeo individualizado simula que los jóvenes más bien carecen de ese acompañamiento riguroso, afectivo, emocional y psíquico que deben encontrar al llegar a casa después de la jornada de clases.

Lanzar piedras de ninguna manera es correcto y menos si hay una marcada intención de ofender y agredir. El tiempo para los hijos hay que sacarlo por encima de cansancios, divorcios, necesidades, estrés y cualquier factor interno o externo que afecte la vida. Y vale igual que los factores del orden tomen partido, no desde los conflictos, sino para prevenirlos. Historias tristes tenemos que lo justifican.