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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: Internet

Las Tunas.-  El cartero viene todos los días a traerme el periódico, pero nunca trae cartas. ¿Ya las cartas no se usan?, me dice con cierto pesar en sus ojos. ¿Te imaginas si las muchachitas en vez de llamarme tanto, me escribieran una carta? La podría leer mil veces cuando me desvelo y creo que el asma me llevará de nuevo a terapia intensiva. Nadie entiende el valor de una carta.

Deberían hacer un concurso para que la gente haga cartas, insta rotunda, con un brillo de añoranza en sus ojos cansados. Es joven aún, pero varias enfermedades le ponen un matiz oscuro a su rostro. Migdalia Betancourt no es la única que añora esos pliegues de papel escritos por las manos del ser querido… personales, confidenciales, espléndidos en detalles, cercanos… Al menos, eso encontramos cuando indagamos un poco.

Un mero sondeo interpersonal con lectores de diferentes edades y niveles culturales arrojó que todos, al menos una vez, redactaron una misiva amorosa, perfil que parece ser el más explotado, incluso desde la adolescencia. Pero, al mismo tiempo, estos 20 entrevistados confesaron que hace más de cinco años no utilizan ese maravilloso modo de incrustar los mensajes y sentimientos para siempre.

¿Razones?, diversas. La común de las “culpas” recae sobre la digitalización de la comunicación y la proliferación de los celulares, aunque igual alegan que con la crisis de papel del período especial se desaparecieron los sobres y se impuso el teléfono, “porque incluso hasta los telegramas perdieron su primacía”, señalaron otros.

Para Leo, como todos conocen a este cartero recién jubilado y querido, el asunto resulta “algo triste en verdad. En mis últimos años de trabajo repartí muy pocas cartas. ¡Y cómo me gustaba ver la cara feliz de la gente cuando recibía una carta! Es verdad que la demora de la correspondencia se agudizó mucho desde los 90 hasta hace dos años, que fue cuando dejé mi oficio. Eso puede haber influido, y también se perdían, llegaban abiertas o no llegaban”.

Algo interesante es que a los adolescentes les gusta escribir esas misivas llenas de emociones expresas o secretas, pero al ponerlas frente a los modernos MMS y SMS se quedan con estos. Los adultos mayores desean que alguien querido le escriba desde la distancia, “para guardarlas de recuerdo o leerlas cuando los extrañe, pero escribir, ya no, las manos se cansan”.

Mientras las cartas familiares, íntimas o amorosas – llamadas informales y/o personales-  van en total declive y se las traga la novedad de la tecnología, las clasificadas como formales, aumentan y se mantienen a la orden del día en la vida social de los tuneros.

Reclamaciones, quejas, solicitud de servicios, avales de cualquier índole, documentos de fe, de negocios, despidos, ventas, recomendación, autorización, recibo y aplicación, entre otras, son cartas que circulan con una misión y mensajes específicos según remitente y destinatarios y, al parecer, no están todavía sujetas al furor del reinado digital, amén de que se tecleen,  impriman y hasta se acepte su envío a través del correo electrónico.

¿Desleal competencia? No se sabe aún. Algunos encuestados prefieren no tener que hacerlas por el tema de la burocracia, las respuestas demoradas o la pérdida entre buzones y valijas.

Las otras, las perfumadas y pintadas de amarillo por las huellas del tiempo y el valor sentimental parecen condenadas al olvido, sustituidas a fuerza de emoticonos y caracteres pulsados desde los dispositivos modernos.

Este fenómeno no es privativo de los tuneros. En el resto del país y el mundo la correspondencia epistolar corre igual suerte y deja de ser preferencia en los modos de comunicación humana, fundamentalmente de los jóvenes. Sus detractores le auguran la muerte en las próximas décadas.

Lo anterior puede tener una buena dosis de certeza a partir de criterios emitidos en diferentes reuniones de balance del Grupo Empresarial Correos de Cuba (GECC), donde consta el declive del envío de cartas personales en las últimos tiempos. En la búsqueda de motivaciones para rescatarlas andan los empeños.

HISTORIA Y REALIDADES

A Cristóbal Colón se le atribuye el haber sido el primer cartero que tuvo la isla, según datos de un dossier rubricado por Lucía de la Caridad Sanz Araujo, en ocasión del 260 aniversario del correo cubano. El almirante trajo en su viaje la primera carta de que se tiene noticias en la historia del continente.

La misiva estaba dirigida al Gran Khan (Ojan), Rey de Reyes, o a cualquier otro príncipe soberano, firmada por los Reyes Católicos y con fecha del 3 de abril de 1492. La custodió el judío Luis de Torre y en ella los soberanos ofrecían su amistad a quien llamaban “amigo carísimo” y añadían: “hemos sabido que estáis de ánimo y mejor voluntad hacia nosotros y nuestro reino”.

Dos años después, el descubridor de América llevó a España la primera carta escrita por un europeo en el Nuevo Mundo, embalada en cajas de madera, precintadas y embreadas con encerados dobles para evitar que se mojase o estropeara durante la larga travesía.

Tal importancia merecida a esos papeles que atesoran la caligrafía de puño y letra de cualquier mortal parece desmoronarse ahora. Sin embargo, para muchos todavía una carta de amor es eso, una carta de amor, y la escriben y mandan el 14 de febrero. Pero también la familia y las madres reciben esos sobres timbrados, con esperadas noticias de los hijos distantes.

“Es verdad que la tecnología se ha impuesto a la costumbre de escribir cartas, pero los alumnos de la enseñanza primaria aprenden a redactarlas. Ahora, en los exámenes finales de sexto grado, uno de los objetivos a evaluar fue ese. Disfruté mucho cómo contaron a sus amigos las bellezas de Cuba y la provincia. En el aprendizaje este vital recurso de la comunicación no se olvida”, señala Rosa Tamayo, bibliotecaria del seminternado “El Vaquerito”.

No todo está perdido. Puede que quizás falte una motivación pública, intencionada, a la usanza de un gran festival que traiga de vuelta el deseo de hacer y recibir un mensaje redactado sobre un papel en blanco, escondiendo pasiones o desvelos en un sobre  timbrado. O tal vez algún pacto con la inteligencia práctica, capaz de hacerle ver a los humanos del siglo XXI que las esencias del espíritu no deben mutilarse.

A lo mejor, así, Migdalia espante la nostalgia y el cartero, caramba, sea… porque ahora no suena irreal ni despectivo que la gente, no más, le llame periodiquero.