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Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Internet

Marcia mira otra vez el reloj. Debía sacar un turno en la oficina de trámites para consultar al jurídico. Madrugó e hizo el dos en la cola. A las ocho de la mañana, cuando abrieron, pensó que estaría una hora después en su centro de trabajo. También por ella esperaban clientes. 

Estaba intranquila y la señora que iba delante le cedió el lugar. Veinte minutos más tarde apareció la recepcionista.  Frente al buró, ignorada por completo, le resultó infinita la conversación telefónica de quien, se suponía, debía atenderla con cortesía y rapidez.

¿Usted desea algo?, dígame. Por fin, a las nueve y veinte se percata de su presencia. Parecía increíble escuchar esa pregunta y a esa hora. Cuando creyó que la pesadilla terminaba, retumbó el tiro de gracia: “hoy no se dan los turnos para el jurídico, tiene que venir el jueves”.

La presión arterial iba a matarla. Era mejor no hablar. Agradeció a su compañera de cola y salió como un bólido. Perdió casi la mañana de trabajo por gusto y tenía que volver. Por culpa “de la culpa” otras personas también podían quejarse de maltrato.

No imito un cuento de  Franz Kafka ni recreo una saga de “Fábulas”, de Bill Willingham. Simplemente, es una vivencia cotidiana, muy común entre la burocracia y la no idoneidad. Quizás moraleja perfecta para quienes piensan, sobre todo al momento de cubrir una plaza, que en los mal llamados perfiles bajos –nada tienen que ver con tal concepto- se puede contratar a cualquiera, al margen de personalidad, carisma, presencia física y cultura general.

Pongo junto a las recepcionistas a las secretarias, jefes de despacho, porteros, dependientes, auxiliares de limpieza, oficinistas, relacionistas públicos, personal de servicio, taquilleros… en fin, cada ser humano que interactúe con los demás, por muy reducido que sea el tiempo y secundaria su función.

Esos trabajadores deberían ser muy idóneos para asumir sus puestos, además de hasta someterlos a test psicométricos, exámenes de aptitud y validaciones que brinden ciertas señales a los empleadores sobre sus desenvolvimientos labores futuros. Tal vez así se eliminarían de facto los libros de quejas y sugerencias, dejaran de violarse con una frecuencia irracional los derechos del consumidor o cliente, según el caso, y hasta los excesivos precios fueran tolerados mejor ante el buen trato y servicio.

Irrita que se convierta en burla cuanto slogan anuncia la preferencia que tiene la ciudadanía en todas las instituciones y entidades nuestras, a las que al menos una vez debemos recurrir a resolver los problemas personales o sociales. Molesta, desgasta y resta credibilidad corporativa el peloteo, la falta de información y la desatención in situ cuando ellas mismas ponen las reglas y no queda otra alternativa que cumplirlas.

Trabajar trasciende por encima del empleo en cuestión, más en determinados lugares de gran impacto social. La idoneidad no es un capricho, ni la cultura del detalle ni la excelencia tampoco. Esos indicadores, en el camino de un socialismo próspero y sostenible, deben estar en la balanza de medir la eficacia y la eficiencia. No todo pueden ser números y supuestos contables.

Marcia no es un caso aislado. A cientos de personas le sucede, en los “cientos” de esferas donde se prestan bienes públicos. La burocracia, el maltrato y la presentación desmedida de documentos para realizar cualquier trámite, carcomen. Hora es de poner un cortafuego a la indolencia…nadie se explica por qué llueve sobre lo mojado.