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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: María de los Ángeles

Nadie puede negar los cientos de recursos, humanos y materiales, que por largos años se invierten para contrarrestar la proliferación del mosquito Aedes Aegypti y controlar los focos generadores de los virus del dengue, el zika y la chikungunya. Sin embargo, todavía arrastramos las consecuencias del incremento de estos vectores.

Ajenos no estamos a los ciclos de fumigación que, según las incidencias, se intensifican en los barrios donde se detectan pacientes con síntomas de las enfermedades. O la continuidad de los mismos de forma regular por las comunidades, así como el control sanitario de las reservas de agua en las casas, escuelas y centros de trabajo.

Tampoco podemos ignorar la labor de las Brigadas antivectoriales, a las cuales les sorprende la noche a la espera de los inquilinos de las viviendas cerradas. Y de los especialistas de la Salud, en las pesquisas masivas y puntuales, solo se puede decir que el esfuerzo es loable.

Sin embargo, en medio de tanta entrega – que incluye refuerzos y apoyo de otros municipios, en el caso de esta capital- resulta totalmente incongruente que un recorrido por los barrios  ponga ante los ojos de esta reportera, residentes y visitantes un panorama desagradable y, en términos bélicos, signifique una bomba de tiempo para fabricar mosquitos, ratones, cucarachas, gusanos y cuanta bacteria puedan existir en esos residuales que desbordan los “yeyos”, sobre todo al filo de la tarde.

Varios lectores del Consejo Popular 18 se acercaron a dar quejas por la situación de la recogida de basura, fundamentalmente en los depósitos ubicados entre los edificios multifamiliares y el “pegadito” al seminternado Rafael Martínez. Lo mismo hicieron con el desbordamiento de las fosas, los salideros de agua y el enyerbamiento de los espacios circundantes (donde hay también papeles, nylon y latas “prisioneros” para ponerlos más feos).

Al conversar con el Delegado Ricardo Romero Drake indicó que ya había alertado de la situación al director de Servicios Comunales, pero todo seguí ahí y es una situación que perdura más allá de los riesgos y el tiempo permisible, como la limpieza de los registros de aguas albañales, los cuales sin dudas necesitan de una atención especializada, quizás constructiva, pues consta que el carro los evacua y la tranquilidad ciudadana dura poco.

Migdalia Betancourt, residente en el edificio 39, señaló que tiene ratoncitos pequeños en su escaparate “y vienen de la calle”. Ella reside en el edificio 39 de ese mismo Consejo. Lectores de otros repartos – Buena Vista, Río Potrero, Aeropuerto, Alturas de Buena Vista – notifican que la situación de la recogida de basura mejora unos días y, luego, vuelven a llenarse los depósitos por todos lados. En una palabra, la higienización integral de esta capital urge miradas profundas, reordenamiento de los horarios de recogidas y hasta estudios tácticos según la situación de reincidencia o prevalencia de la aparición de focos y pacientes enfermos.

Es un tema recurrente, donde la falta de recursos mutila la eficiencia de los organismos responsables, pero no debe ser el stop para que se opaque la abnegada entrega del MINSAP. Tampoco puede ser el escape “justificado” de los gastos económicos que se invierten para asumir las campañas y mantener el control de los vectores.  Si vamos a fajarnos con el Aedes hay que hacerlo desde todas partes. Si entran a las casas es porque vienen de “afuera”.

Hay quienes todavía no cumplen las orientaciones y se resisten a comprender que son las víctimas más vulnerables de las peligrosas picadas, pero si caminamos por los barrios no hay otra pregunta más razonable: cómo no van a vivir a su libre vuelo.  A las piezas sueltas de la higiene urbana hay que cerrarle el dominó.