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Por Graciela Guerrero Garay     

Los jardines quedarán sin flores. Siempre el 28 de octubre sucede. Es el Comandante del pueblo, Camilo Cienfuegos, quien las lleva a los ríos y al mar. Un encuentro con la historia y la memoria agradecida de los tuneros y una isla, que no olvidan al Señor de la Vanguardia y el Héroe de Yaguajay.

Temprano, cuando el sol abre por el este, ya andan con sus padres, abuelos, tíos o vecinos los más pequeños. Inquietos por cortarlas con el frescor del rocío y llegar a la escuela con las manitas llenas de amapolas, siemprevivas, girasoles, rosas, lirios blancos, violetas… O las otras, que compran en mercados y florerías… azucenas, príncipe negro, gardenias…

Amor infinito que año tras año fortalece la hermosa tradición, surgida cuando el avión en que volaba desde Camagüey a La Habana cayó al mar. Nunca lo encontraron, a pesar de las intensas búsquedas y los pedidos al cielo de un pueblo que le idolatra por sus excepcionales condiciones de guerrillero y revolucionario.

El 28 de octubre de 1959 ganó la gloria, donde nunca mueren quienes siembran cosechas eternas como él. En la escuela, defendió a sus compañeros más jóvenes de las travesuras de los mayores. Su carácter jovial y franca sonrisa le ganó amigos a primera vista. Protestó, en plena adolescencia, por cualquier injusticia e hizo la diferencia en 1948, cuando participa en las censuras populares contra el aumento del pasaje en ómnibus.

Bromista, alegre, camarada, en 1954 inicia su contienda contra la dictadura pro imperialista de Fulgencio Batista y decide emigrar a Estados Unidos para evadir la persecución, pero antes lo detuvieron y torturaron en la cárcel. Doce meses después lo capturan y deportan a la Patria y, de inmediato, se incorpora a las luchas estudiantiles. Tiene que volver al exilio y allí conoce del proyecto dirigido por Fidel Castro, con el objetivo de organizar la expedición del Granma y hacer la guerra definitiva por la libertad de Cuba.

Es Camilo para siempre, el Comandante del sombrero alón y el corazón de oro, en el momento en que llega a México y se une al movimiento 26 de Julio, viene en el yate Granma y forma parte de la Columna 1, dirigida por el líder inmortal de la Revolución. Combate a combate, herida y cicatriz, demuestra su coraje. Pasa a la tropa del Che, su amigo inseparable, hasta que dirige la Columna 2, encargada de la riesgosa misión de llevar la invasión al centro del país.

El primero de enero de 1959 y era pedestal de la victoria, querido y admirado por quienes compartieron los días de la Sierra Maestra y las batallas del llano, por el pueblo que le recibió con clamor. Aquel día fatal del 28 de octubre de ese mismo año jamás se olvida. El avión Cessna 310 que lo llevó por cuestiones de trabajo a Camagüey, nunca regresó a La Habana.

Sucede que el tiempo se detuvo, más de medio siglo después. Siempre, con sol o caricias de invierno, las flores van a buscar a Camilo en el río o el mar. Las multitudes de tuneros – cubanos de cualquier parte- le honran y su imagen se levanta, sonríe, apunta al mañana.

Un futuro que el Comandante de sombrero alón dejó clarísimo en su último discurso: Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día/ nuestros muertos, alzando los brazos/la sabrán defender todavía.

Los jardines no están tristes. Manos de todos los tamaños, credos y colores llevan sus frutos y las aguas, cadenetas de amores y de Patria, confirman la verdad de Fidel Castro, en el pueblo hay muchos Camilo. El héroe de sonrisa amplia trae nuevamente flores.