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Por Graciela Guerrero Garay                     Foto: Periódico 26

Quizás no sea un barbarismo apostar que es el tanque más popular de Cuba. De hecho, en Las Tunas lo es y no por gusto clasifica entre las siete maravillas de la ingeniería local. Es una especie de amuleto de buena suerte para quienes, perdidos en la geografía de una ciudad creciente, lo buscan para encontrar el camino. Testigo mudo, poético, simbólico y vívido de la historia de miles de personas y de cuantos fenómenos atmosféricos, tecnológicos, urbanísticos, humanos y divinos sucedieron por aquí desde 1961, fecha en que comenzó su construcción por el método tradicional.

Jamás necesitó de elementos decorativos para llamar la atención y ser la obra magnánima que es desde el pasado siglo. El Tanque de Buenavista será siempre el punto referencial por excelencia de los tuneros y de cuantos visitan la capital de la provincia. La singularidad le viene como un don y parece imposible creer que una sola concretera, una sola, hiciera posible tal milagro en aquellos lejanos tiempos.  

Todo parece relacionarse con el ímpetu de sus constructores – de los cuales no encontramos referencias – y lo bien pensado de su proceso ejecutivo, desde el mismo diseño, concebido con la geometría apropiada para su uso y fundido in situ en cinco etapas. La primera, la cimentación corrida, a la que se le dejaron mochetas de acero para anclar las columnas hasta la altura de la riostra, una pieza puesta oblicuamente para asegurar la invariabilidad de la obra. Esto fue considerado la segunda etapa de la trascendental armazón arquitectónica.

En la tercera fase los carpinteros encofraron sobre esa fuerte estructura el plato o fondo y luego se fundió, tras lo cual levantaron las paredes de hormigón armado, también fundido in situ. Para los estudiosos de la ciencia de las construcciones, es digno de conservar en una antología la peculiaridad de que en esta, considerada la cuarta etapa, los albañiles utilizaron exclusivamente winches y carretillas y trabajaron 76 horas consecutivas.

Finalmente la fundición de la tapa, a 31 metros de altura, marcó el hito de esta gigantesca obra, terminada en los primeros meses de 1967  y destinada a almacenar 500 mil galones de agua, cuya explotación inició en enero de 1973.

Peculiar historia de vida de un monumental almacén de agua potable que, junto al honor de marcar pautas en la ingeniería civil de la localidad, ilustra las memorias del acueducto en Las Tunas, probó su resistencia ante los diversos y malhumorados fenómenos meteorológicos de cualquier tipo que pasaron por aquí desde entonces y acompaña, en cualquier conjugación, a todas las generaciones de tuneros de los siglos XX y XXI.

Quizás por eso es testigo legendario de infinitas cadenas de amor, actos, carnavales, proyectos artísticos, actividades políticas, encuentros deportivos y cuanto ha sido necesario en estos largos años del desarrollo económico y social de la provincia y el municipio cabecera, donde tiene el privilegio bien ganado de ser un personaje ilustre de la zona residencial más habitada de Las Tunas.

Hoy, cincuenta y seis años después  del genial parto de hormigón fundido, es el rey de un proyecto social bien logrado y orgullo de quienes van hasta allí a disfrutar de las ofertas gastronómicas que brindan los kioscos que le rodean. O a conectarse en una de las zonas wifi más visitadas. O a quitarse el estrés con las noches de programación cultural. O, simplemente, a respirar aire puro y mirar las estrellas y la luna cómplices de tanto y todo.

Tanque de Buenavista… amigo eterno del transeúnte. Genialidad de una arquitectura sin dudas eficiente. Referencia perenne. Amor de pueblo. Historia… bella historia de un extraordinario faro de agua que nos alumbra el camino y supo, desde los tiempos, cobijarse en la esquina buena del corazón de todos los tuneros.