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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: Cortesía del entrevistado

Quizás su mediana estatura no delate, al primer golpe de vista o de palabras, esa energía hirviente y guerrillera que desborda ante la injusticia o la mentira. Hablamos unas dos veces en sus visitas a la isla, pero la correspondencia sostenida por casi una década me regalaron más que a un buen amigo, para unirme a sus pasiones revolucionarias y a la rebeldía que acorta distancias entre su amor eterno y la Italia donde nació.

No es difícil imaginarlo por las calles de Pinar del Río, La Habana, Santa Clara, Matanzas, Santiago de Cuba, Guantánamo, Camagüey, Holguín, Puerto Padre y Las Tunas. Tampoco me sorprende que una bandera cubana ondeara nueve días en el balcón de su apartamento, “para homenajear a Fidel y estar cerca de los cubanos en su dolor. Es mi orgullo”. La foto que llega por email me transporta al sitio oteado por muchos curiosos, mientras su corazón apretaba el pecho.

La primavera de 1993 lo recibe en el país que desvela sus sueños. Siente necesidad de conocer a la “gente de Cuba que tanto me interesaba, los trabajadores, la vida cotidiana, al cubano real, no al que nos pintan”. Disfrutó el turismo, pero su intención era otra y se llegó a Cárdenas a la casa de Elián González, el niño por quien luchó desde la lejana Italia, donde los movimientos de solidaridad con la Mayor de Las Antillas confirman la cercanía de ideas y los sentimientos de hermandad que las unen.

Dos veces al año, desde el 2002 y hasta el 2009, sus vacaciones tuvieron un boleto fijo. En cada historia hay una mujer – cuenta – y conocí a una chica de Puerto Padre. Allí me fui. Tuve a mi hijo, la fortaleza de mi vida. Cuba creció más dentro de mí. Conocí por mi propio Michel la calidad de la educación y la sanidad. Desfilé con él y el pueblo en varios actos por el Primero de Mayo. Compartí con la gente de campo de Vázquez, hice amigos”.

Se ve asimismo “como una persona normal que sufre demasiado las injusticias del mundo, el trabajo sucio de multinacionales como la Monsanto, la prepotencia de los Estados Unidos, el pueblo mapuche saqueado de su tierra… las miles de injusticias me causan mucho sufrimiento.

“Me molesta la hipocresía de los cubanos que huyen hacia los Estados Unidos y después, hipócritamente, se quejan por extrañar su país, su gente, su familia…O lo mismo hacen de otros lugares, sin reconocer que tampoco encontraron los milagros que difunde la contrarrevolucionaria  Yoani Sánchez o el bufón delincuente Guillermo Fariñas”.

A su memoria vienen conversaciones que desmoronan las campañas mediáticas de la mafia anticubana…   “un día estaba chateando con un amigo que en Cuba se quejaba de que no podía decir lo que pensaba, y le dije que si acaso se encontraba por la calle a Posada Carriles le diera mis saludos. Era un chiste, pero me respondió: hermano yo no me meto en eso, estoy aquí para trabajar. Entendí que tampoco allí puede decir lo que le da la gana. La mafia cubana no perdona.”

Anda por doquier. Condena. Combate. Por eso fue hasta la Puerta del Sol y se sumó a la protesta de los indignados de Madrid o reconoce que es de cualquier parte donde el hombre sufra. Lo hace en solitario. No le gusta seguir huellas, sino propias y por convicción.

Me regala la ciudad donde vive, Aversa, muy cerca de Nápoles, mientras sus ojos se pierden por la ventana de la casa. Tocan la cautivadora y peligrosa silueta de uno de los volcanes más peligrosos del mundo, Vesubio. El verde sale de su retina como la chispa de amor que siente por Cuba y Las Tunas, la tierra natal de Miki, el hijo que nació de sus amores eternos con el caimán de Las Antillas. Quizás esa pasión enorme son fuegos del destino.

No lo sabe este hombre sencillo que saborea el café mirando a su más pequeño vástago – casi de once años - y por quien comprobó, en sus tantos viajes a Puerto Padre, la valía del proyecto cubano, la alegría natural de la gente en las mañanas y la justicia social. Le duele doble, entonces, “que muchos no agradezcan, se aprovechen de la sanidad tan grande que tienen y critiquen cosas que no deben. Fidel y la Revolución siempre serán grandes. El imperialismo, la mafia, la vieja camarilla anticubana yo la conozco bien, son rehenes de sí mismos. ¿Por qué no hablan de lo que está haciendo Macri en Argentina?”

Así es Arturo Fabozzi, un enamorado interminablemente fiel a las palmas cubanas, porque Cuba, desde todos los tiempos, es su amor eterno.