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Por Graciela Guerrero Garay        Foto: De la Autora

Un día alguien me dijo que la UNICEF reconocía con demasiada frecuencia el desarrollo de la infancia en Cuba y, en una de esas tantas conversaciones que suceden en cualquier parte de la isla, amigos se sorprendían de la felicidad con que niños, niñas y adolescentes se divertían volando un papalote en medio de un solar abierto, entre los espacios de los edificios o los laterales de la línea central del ferrocarril.

Nada más común y cierto: la capacidad de ser feliz por estas tierras teje el poema cotidiano, donde los versos cuentan de sonrisas espontáneas, besos de todas las edades, sanas fantasías, elogios sinceros, juegos con pelotas de trapo, caballos de madera, muñecas de cualquier tipo… una lista infinita de asombros genuinos, naturales y generadores de una alegría que, con solo dos encuentros en la acera de una calle, no importa el rumbo que llevemos, al tercero ese “desconocido”  puede ser parte del círculo de amistades y hasta convertirse un ser tan cercano como la familia.

Jonathan García Licea es uno de esos pequeños tocados por el milagro de amor que baña a nuestro archipiélago, tal como los rayos del sol. Ciertamente, no vive en mis alrededores, su casa queda en el barrio San José, más menos un kilómetro de casa, pero su mamá Marisol nació justo en la misma avenida, en la acera del frente, y su abuela, Caridad Fernández, Cacha, es una de esas vecinas a quien todos quieren por ser la excelente persona que es. Jonathan es del barrio, de la gente del barrio, ahora y para siempre.

Por eso no más asoma su carita sociable y risueña por la esquina y recibe ese  cariño que los tuneros – léase cubanos-  llevamos muy hondo por los niños, más si desde que andan por la barriga de “mamá” estuvimos pendientes de la primera “patadita”. Y, aunque no levanten ni 40 centímetros del suelo,  los vecinos le dan la mano como hombrecitos que son, los chicos y chicas más grande les cargan y besan, y en un cerrar y abrir de ojos tiene a su alrededor muchas “tías”  y “tíos” dispuestos a cuidarlos, salvarlos de una caída o una carrera inocente hacia la vía.

En esos logros cubanos que destaca la UNICEF sobre la protección, atención y desarrollo de la primera infancia en Cuba está la huella de Jonathan, con ese halo de ternura infinito que lo envuelve y que, gracias a los poquitos de todos, desde la misma cuna, su mami y abuela, el barrio, la sociedad y el Estado, le hacen sonreír a pocos días de nacido, lo ayudan a crecer feliz y descubrir, en el vuelo zigzagueante de un papalote de papel, que la felicidad acuna en el alma y como una cascada inquieta puede estar en todas partes. Bastan horas en este suelo caribeño para que los amigos entiendan y dejen de sorprenderse. Por conclusiones propias, parten convencidos de que aquí no es un slogan que lo más importante es la vida de un niño. El pequeño Jonathan no inventa su alegría, la irradia. Por suerte, es él un bello espejo de todos los demás.