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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: Del Autor

Jalisco juega con las musas. Es un perro fiel hasta la médula. El olor a sopa de ternilla le hace mover el rabo, como si leyera en el estómago del poeta. ¡Hay banquete sobre la mesa de los Rodríguez del Valle! El mejor reloj del mundo es la mente… de ahí el tiempo no escapa aunque pasen los años.

Un fuerte olor a café invade la habitación. A veces, se congela entre las olas del mar y escribe… una… dos…tres cuartillas. Los tinajones son barcos que vienen y se van, como el sonido de la máquina Singer de su madre, ahora confundido con los trinos del sinsonte y las catarsis. Ernesto, el Maestro Ernesto, pinta décimas con tinajones y adoquines.

SIN ROSAS EN EL JARDÍN

No creo en las casualidades. Conocí a este hombre – hoy mi amigo gracias a Dios- en uno de esos tantos intentos que hacemos quienes apostamos por sueños y hacemos literatura sin saber siquiera si alguna vez, con algún golpe de algo, podemos encontrar el camino para publicar un primer libro.

Fue tal cual es: cubano. Un ser formidable que sigue trepado en las mismas palmas donde creció y regala amor con sus vibrantes poemas, décimas y libros, y ese puente de eterna voz, la Revista Literaria Guatiní. No percibí – lo confieso- que mantenía correspondencia electrónica con un escritor hecho a coraje por sí mismo. En los correos sobresalía su mano solidaria y honesta, dispuesta a halarte para que supieras que podías intentar, al menos, escalar la montaña.

La necesidad de entrevistarlo se convirtió en un reto. No importa si mis líneas son unas más entre las miles que le dedican por doquier sus discípulos, admiradores, lectores, editores… Ernesto Rodríguez del Valle es un personaje literario de carne y hueso. Un protagonista vivo de la creación artística y una cascada de interés público, humano, social y poético.

Vale la pena correr el riesgo de quedarme en la dermis del encantamiento, entre las 90 millas que me separan de estar frente a él con una cuartilla en blanco.

SU DESNUDO MUNDO

 

Nada de rosas en el jardín de su infancia. Detrás de esos bellos poemas y décimas rotundas, alumbradas, hay muchos hipos apretados, tristes.  Al final cuenta su fuerza y la determinación de crecer, tal como las fantasías de la gallinita ciega bajo la luz del poste de la calle, donde jugaba con los primos y las primas.

“En “Aquellos muchachos que somos”  está Jalisco escondido todavía, porque el libro permanece inédito. Le gusta el color de sus memorias. Queda en silencio y cuenta: “Era feliz con pocas cosas. Recuerdo remotamente, era muy pequeño, que me llevaban con una señora que tenía su aula en la misma sala de su casa, en el barrio Villa Mariana de Camagüey, donde pasé mi infancia hasta cerca de los doce años. Luego di clases con la tía Rosa, hermana de mi papá. Tendría cinco o seis años, pero oficialmente cursé grados en la Escuela Pública del mismo reparto…”

Puerto Príncipe…la espada y la mariposa de su obra. Un amor imprescindible como el de la familia. Discurre sus secretos descubiertos y lo imagino delgado, entretenido en el brillo de una flor. No trae aquel susto de chiquillo inquieto al entrar en el colegio episcopal de San Pablo, para matricular del primero al quinto grado. No sé aún si soñaba con ser poeta. No lo ha dicho. Ernesto Rodríguez del Valle nació poeta y nadie, seguramente, lo predijo cuando lo veían en bicicleta junto al tío Carlos vendiendo pan por las mañanas, mientras la Escuela Superior número 5 lo esperaba en la tarde.

“Mi padre no podía pagar los estudios en San Pablo y mi tía bisabuela Nohemí Deulofeu, hija del Ministro de Iglesia Metodista Manuel Deulofeu Lleonart, y secretaria del director del colegio Pinzón, se encargó de mi educación en esa época. Luego, el sexto grado lo terminé en la Academia Jiménez, la cual recuerdo estaba en la Plaza de Méndez”, dice y los adoquines y los tinajones retozan en el claro iris de sus ojos.

Vida de niño pobre tuvo este hombre que hoy tiene millones de amigos en el mundo y rompe pautas en la literatura cubana e iberoamericana. Un cubano de cepa que no se tomó la coca cola del olvido y jamás le han deslumbrado las candilejas del éxito. Guatiní, su empeñada y elegante Revista Literaria es, quizás, la muestra palpable del enorme amor por sus raíces y su querida isla.

No pude seguir los estudios superiores hasta después de adulto, pies trabajaba a tiempo completo en una bodega como mensajero; luego me casé y vinieron los hijos”.  La memoria es un abanico. Suspira. “Mis primos y yo visitábamos la casa de nuestros amigos a la hora del mediodía, porque nos gustaba el café dulce y claro que tomaban con un trozo de pan. Un día mi tía nos llamó y dijo que no fuéramos más a esa hora, porque ese café con pan era el almuerzo de ellos. Sentí algo en la garganta que no me dejaba respirar. Era la pobreza compartida. Nunca nos negaron el café y el pedazo de pan”.

¿DEMONIOS O HADAS?

Amores que gotean de sus labios y luego saltan convertidos en sonetos. Pasiones tempranas. Nombres… mujeres.  Encuentros clandestinos en una infancia que jugaba a la adolescencia. Un romántico que afirma: “No se llega a ser poeta nunca. Dice Faulkner no te molestes en ser mejor que tus contemporáneos o que tus predecesores. Trata de ser mejor que tú mismo”. Por allí debe estar el camino hacia el Santo Grial y debe partir la premisa de nuestro encuentro con la literatura, que en mi caso llega de manera sorpresiva.

“La mujer que iba a ser madre de mis hijos fue, al conocernos, una amiga excelente a quien yo le contaba mis tristezas y cosas de mi adolescencia, y le escribía unos poemas que ella mantiene aún guardados. Son horrendos. Le he pedido de favor que los queme, pero ella los guarda como un tesoro, a pesar de que estamos divorciados hace más de 25 años”.

Vuelve el olor a café y hay cierto salitre en la garganta. Ernesto goza las palabras, sea en silencio, escrita o a pulmón. Tal vez les conquistaron sin saberlo. “En Cuba se dio algo hermoso en los años 60- 61. La edición de autores clásicos podía conseguirse al risible precio de veinticinco centavos. La Divina Comedia, El jardín de los Finzi Contini, El Quijote, Espronceda, Góngora, César Vallejo, Neruda… junto a la de autores cubanos de todas las épocas, incluyendo las Obras Completas de José Martí, estaban en las librerías. Los leí con profusión admirativa. En 1962 se me ocurrió participar en un Concurso Nacional de Literatura con un soneto que no recuerdo el título, dedicado al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que si no me equivoco iba a celebrarse en Finlandia. Estuve entre los finalistas y en 1963, con ese aval, me presenté en la UNEAC de Camagüey para entrar a la Brigada Hermanos Saíz, que todavía no estaba constituida”.

Vivaz y “tertuliano” gesticula cómo quien cuestiona un monólogo con voz. A veces, su sonrisa me parece el estampido de la furia. “Creo que mi primer texto publicado fue ese soneto, aunque recuerdo un cuento que ahora mismo no sé cómo pude escribirlo. Se publicó en el periódico Adelante, de Camagüey, era breve y de corte surrealista, extraño, lleno de una fantasía horrenda. Luego vinieron las antologías  de poesía en Colección Hermanos Saíz, en 1967; Antología, de la Brigada Hermanos Saíz, Punto de Partida, Colección de Poesía Cubana, España Republicana, Cormorán y Delfín, Colección de Poesía Cubana, El problema es estar localizable, editados en Cuba, Madrid y Argentina”.

Interminablemente hermoso sería escribir sus tantísimas creaciones, pero eclipsaría los blancos de mi agenda y tal vez este amigo, miembro de Honor de la Sociedad Latinoamericana de Poetas, citado en múltiples antologías, respetado y querido, me acuse de tomarle mucho tiempo. Prefiero devorar sus enseñanzas y cabalgar sobre la huella de sus versos, ahora que en la distancia va de manos de su nietas Li y Lega por los parques o está sentado en algún lugar donde, a su antojo, le canten los sinsontes y lo bañen los ríos.

MÁS ALLÁ DEL POETA

Detesta la rutina y confiesa no llevarse por la inspiración, sino por el tema a tratar aunque “Duenderías” – aún inédito- le llegó por algún sortilegio. No tiene horas para escribir y en cualquier parte le sorprende la idea, hasta que digiere y expulsa sin mirar el reloj.

Tal vez esa mezcla de todo en sí mismo lo llevó a Guatiní, lengua taína que nombra en el oriente cubano al Tocororo, el ave nacional. “Me dio miedo la primera edición de la Revista, el 19 de abril del 2007. Era la primera vez que iba tan lejos en el trabajo de promotor de la literatura. Comenzó como un experimento y hoy es toda una entidad reconocida en medio mundo. Agradezco mucho a sus colaboradores permanentes como la fotógrafa argentina Gladys Taboro por las ilustraciones de la portada, como al pintor Arturo Potestad, cubano como Lorenzo Suárez y Odalys Leyva; a las dominicanas Aurelia Castillo y Suanmy  Mercedes, y a la escritora española Margarita Bokuso, además de cuantos me envían materiales que hacen realidad, mes a mes, su salida, la cual no tiene fines de lucro y sí el de promover a los nuevos escritores dentro y fuera de la isla y de cualquier parte”.

Ernesto se me antoja esta mariposita de la luz que se posa ahora en la pantalla de mi monitor. O el ángel que protege las palmas de este archipiélago que ama desde “esas calles de tierra que correteé de lo lindo con mi corcel de palo de escoba, conocí el aleteo del corazón… ya no era la ciudad, era la isla con sus valles y montañas, sus ríos y el mar Caribe… Nicolás Guillén, La Bodeguita, Varadero, mis hijos y la conciencia de que la Patria es todo eso y también la familia…”

El hombre… “ese recuerdo en añoranza viva que viste de nostalgia mis momentos de soledad a cualquier hora del día o la noche. La puta añoranza que nunca duerme…”  Los adoquines y el agua lluvia tintineando en los tinajones bajo los aleros me arrancan el arcoíris del teclado. Ya no tengo las cuartillas en blanco. El Maestro del verso, Ernesto Rodríguez  del Valle, acaba de esculpir con estrellas la alfombra de esperanza y el amor que hace el camino del poeta.

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