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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la Autora

Cada vez que monto en cualquiera de las rutas de ómnibus urbanos que circulan por la ciudad especialmente la ruta 7, recuerdo el bocadillo humorístico del actor tunero Ramy referido a …quien no (…) no sabe lo que es la vida. Realmente con un calor tan “inhumano” abordar una “Diana” – mejoradas con una puerta de salida- es para no salir de casa.

Al menos, estoy convencida de que aunque multipliquen por nueve la cantidad de guaguas, la demanda siempre será superior a las capacidades reales de este servicio. Su diseño no está acorde con el fenotipo y la cultura social de los cubanos – digo igual tuneros- ¡Y por suerte observo que los super-obesos no montan con frecuencia en este medio de transporte público!

En el bregar cotidiano de un verano con vacaciones masivas para una parte importante de la población, ante la reducción del combustible y las demandas de un ahorro que debe guiarse, más que con el raciocinio, con la vergüenza de la dignidad que permita aflorar una voluntad consciente  para planificar y trabajar por el bien de todos, la actitud de mayorías deja mucho en qué pensar.

Cualquier comedia o película de terror fuera un éxito tremendo en taquilla si se filmara en bruto lo que pasa dentro de las guaguas. Ancianos con bastones y limitaciones físicas visibles a quienes muy pocos tienen la gentileza de brindarles un asiento.  Embarazadas que, la más de las veces, reciben tal cortesía de las propias mujeres pues los hombres, al parecer, son ciegos. Carteristas, broncas por un pisotón, los repudiados “repelladores”, niños y niñas que se asfixian y tampoco encuentran un ser cortés que los cargue y salve del molote… y mucho más.

En tanto, los choferes piden junto a los que “están abajo” que caminen al fondo y con buena imaginación uno siente que está en una competencia de estatuas. En fin, trasladarse hoy hacia el trabajo, al hospital, a cualquier sitio y a cualquier hora es mucho más que el tiempo de espera en las paradas, el “salvase quien pueda” para coger el ómnibus y el ejercicio a toda prueba de acrobacia y dinámica corporal. Es una demostración en vivo y a sudor de una de las indisciplinas sociales más comunes de la sobrevivencia cotidiana.

¿Solución? Difícil empeño, pues ni los “amarillos” ni los inspectores pueden evitar la alta demanda y el déficit de medios de transporte, agravada por la insensibilidad de los carros estatales de recoger voluntariamente a quienes, seres humanos como ellos, necesitan moverse para vivir el día a día. Falta de persuasión, llamados a la consciencia y hasta medidas coercitivas jamás faltaron desde el pasado siglo.

Todo sigue igual. La tolerancia a lo mal hecho es tan popular como el dulce de coco o la ausencia de palabras mágicas: buenos días, permiso, por favor, gracias… ¡Y de valores se habla por las cuatro esquinas! Ignorar que el mundo anda patas arriba y hay una lucha sin caretas entre el bien y el mal es, a mi juicio, pecar de ingenuos. Más, seguiré preguntándome dónde están las profundas herencias de humildad y fraternidad que nos legaron los abuelos.

Sin embargo, como José Martí creo en el mejoramiento humano y los buenos somos más que los malignos. Por eso, aunque las guaguas no alcancen y la gente haya perdido el sentido de ciertas normas elementales, algún mañana cercano la ternura que brota como manantial de los más pequeños tuneros y cubanos reverdecerá esas cortesías que alejan al hombre de los orangutanes, amén de los orígenes comunes. El reto de lo imposible será una realidad. Siempre las palmas estarán vivas.