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Por Graciela Guerrero Garay         Fotos: De la Autora

La sencillez y profundidad del principio martiano de que “la educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte” lo sentí vivo cuando vi una clase de la maestra Yelín Estrada Nápoles, del seminternado Rafael Martínez Martínez en esta ciudad Balcón del Oriente de Cuba.

“Yo los miro con el corazón”, me dijo al calificar al aula de “apretada” ante la cantidad de niños y la difícil edad que tienen, en un quinto grado donde la mayoría son varones. Su respuesta fue tajante ante mi observación. Minutos después entendí la esencia de sus palabras. Solo con el corazón es posible encontrar sabiduría, paciencia, temple y resistencia para no irritarse ante la algarabía, el hiperquinetismo y la diversidad de chicas y chicos que tiene a su cargo, en medio del calor, la exigencia de los contenidos y los pormenores que exige el horario docente e impartir, un turno tras otro, una clase con calidad.

Yelín es ternura y armonía, mezcla vital para enseñar en tiempos donde los alumnos destacan por ser curiosos, y andan por etapas sicológicas en las cuales la libertad de ser y auto descubrirse o hacerse notar son propios de los pocos escalones que distan de la adolescencia. Ella alcanza para eso y más, y sus “hijos” la quieren y respetan. Lo demuestran en los esfuerzos que realizan para cumplir las tareas y los  resultados de las evaluaciones sistemáticas y del primer corte del actual semestre del curso.

La jornada de homenaje a los Educadores en Cuba fue el pretexto para conversar con esta maestra de cepa, quien en sus 18 años de trabajo en el sector no olvida los rostros ni los ojillos dulces de sus cientos de alumnos. “Llevo siete cursos en este seminternado, pero me emociono al recordar la escuelita rural Claudencio Betancourt Rivas en el Camino del Oriente, en este municipio de Las Tunas donde estaba antes de venir para acá”.

Nadie puede dudarlo. Sus ex – alumnos vienen a verla al salir de la secundaria. Un beso y un apurado “cuentamecomoteva” revitalizan el afecto. La imagino, entonces, por aquel camino entre árboles y piedras, risueña y sudorosa, con alguno de las manos para llevarlo hasta el aula y allí comenzar un día de evangelio vivo, empeñada en que aprendan cada lección y pasen de grado. Recta, exigente, ejemplar.

“Siempre quise ser maestra. Me gusta enseñar con el corazón y no le regalo puntos a ninguno. Eso no les hace bien y sigo de cerca los que llevan desventaja, así se lo hago saber a la familia porque en la casa comienza la educación y allí se complementa la labor del maestro. Siempre les digo que los miro con el corazón, pero ellos saben que hay que estudiar y hacer las tareas, vienen a aprender. El quinto grado no es fácil, la mayoría son inquietos, pero me las entiendo con ellos”.

Erika, Manolo, Diana, Sheila, Daniela, Jeidi, Abdel, Yoel… revoletean como mariposas a su lado mientras le tomo la foto. No supe a ciencia cierta quién le preguntó si saldría por el periódico, pero antes le pidieron permiso para averiguarlo. Yelín sonríe y su cara morena se ilumina.

Son terribles, pero son mi pasión –afirma-. A veces, me preguntan si estoy brava y me piden disculpas por la falta cometida. Mi respuesta es la misma: “recuerden que yo los miro con el corazón. Entonces les corrijo el error, ya sea en el cuaderno o por alguna indisciplina”, puntualiza. Esa tarde, al filo de las 4 y 20, cuando toca el timbre y viene el padre o la madre a recogerlos, enseguida les alerta del comportamiento. Si no vienen, los manda a buscar para el siguiente día.

Quizás por eso solo descubro sencillez cuando le cuento que tenía referencia de varios padres y colegas de que era muy buena maestra. Recordé esa frase de Don Bosco que dice “la base de toda educación es cuestión de corazón” y corroboré que no sale de la nada que jamás olvidemos a nuestros queridos maestros y, sobretodo, a aquellos que como Yelín son rectos y perseverantes. Al capitular nuestras vidas sus nombres están ahí, porque le debemos con toda garantía lo que somos.