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Por Graciela Guerrero Garay    Foto: 26Digital

No tengo respuesta absoluta y la pregunta tampoco se aparta de mi mente, después de leer un artículo publicado en el sitio digital ECOPORTAL. NET. Como en el celuloide, se mezclan en mi memoria las imágenes de los cientos de personas, la mayoría jóvenes, que desde que abrieron el servicio en Las Tunas –supongo sea igual en el resto de la Isla- se conectaron en cuerpo y alma con sus celulares y computadoras portátiles.

Nada criticable ni incitador a renunciar a una tecnología que marca pautas en los avances cibernéticos de este siglo, además de ser derecho pleno y humano disfrutar y conocer los beneficios del desarrollo y vivir con la mejor plenitud posible. Sin embargo, como todo, vale saber que hay en la balanza riesgo-beneficio.

La cuestión es hasta dónde esta “wifi manía” afecta la salud. El titular de la noticia de marras, escrita por Nicola Bizzi, es de por sí escalofriante: “WI-FI: la muerte invisible que está destruyendo a la generación más joven en todo el mundo”. Tras ponerte la piel de gallina, argumenta que la agencia de Protección Sanitaria de Gran Bretaña en un estudio realizado en 2007 constató que la radiación de microondas en el rango de frecuencia Wifi causa cambios de conducta, altera las funciones cognitivas, activa la respuesta de estrés e interfiere con las ondas cerebrales. Igual alude a posibles riesgos para la salud de los niños que asisten a las escuelas con redes inalámbricas.

Evidencias para detenerse a pensar en qué medida utilizamos tal ventaja tecnológica. Más si en el artículo se afirma que el estudio Interphone, promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS), aunque no ofrece certezas definitivas sobre la posible inocuidad de los terminales, levanta la sospecha. Una revisión posterior, en el 2010, aseguró que por cada 100 horas de uso de teléfono móvil, el riesgo de meningioma –tumor cerebral-  crecía en un 26 por ciento.

A tales razones se suman las investigaciones epidemiológicas, las cuales demuestran los efectos reales de las radiaciones en la salud y el desarrollo de los infantes, además de clasificar como grupos vulnerables a los pequeños, las embarazadas, los enfermos y las personas mayores.

Sin embargo, el gran dilema del maquiavélico afán mercantilista no deja libre de contrapunteo a este asunto, pues el texto es claro en precisar que “por otro lado, existen informes científicos que afirman que las redes wifi son totalmente inofensivas, pero no hay que olvidar que la mayor parte de estos informes están pagados por la “alianza WiFI”, una asociación que representa a la industria de WLAN, integrada por más de 200 grandes compañías”.

La verdad puede estar más cerca de la prevención y la mesura de quienes se conectan, pues está probado que hay síntomas como dolor de cabeza, cansancio crónico, dificultad para dormir, palpitaciones, dolor en los oídos e insomnio que acontecen cuando hay una alta exposición a las redes wifi.  De ahí que los especialistas serios aconsejen desconectarlas cuando no se usan, especialmente de noche; no abusar de los teléfonos móviles y usarlo con la función de “altavoz” activada y evitar los inalámbricos tipo DECT en las viviendas, emisores de grandes dosis de radiación.

Incuestionablemente, la “wifi manía” es un tema para pensar dos veces antes de caer en su atractiva telaraña. Desde los abuelos aprendimos que todos los excesos son malos. Decidir es conclusión propia. Ya hay cartas sobre la mesa.