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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la Autora

El ornitólogo Darién Pérez es uno de esos hombres que, por sus destinos e historias de vida, trascienden la popularidad y pierden el nombre. Preguntar por él, con todas las letras de su identidad, es no encontrarlo jamás, al menos en el mundo de la crianza y comercialización de animales.

Empero, esa no es la única peculiaridad que distingue a este tunero, abogado de profesión y quien dice que “decidí a los cuatro años de ejercicio no seguir la carrera porque en realidad mi mundo son los animales. Desde muy niño sentía una atracción muy fuerte por todos. En mi casa tengo más de 100 palomas de varias clasificaciones y de muchos lugares del mundo. Cuando al caer la tarde se posan en el alero del techo se ve bello, lo disfruto mucho.”

Con una sonrisa a veces difusa en la comisura de los labios, el popular y amigable “Papi Perry” cuenta los varios intentos de abandonar su pasión: “En otra época, fui profesor y en verdad quería quedarme. Me gusta enseñar, sobre todo a los jóvenes y estaba en un preuniversitario donde me sentía bien con el grupo, pero un día acabó el curso y no me volví a incorporar”.

Cuando abrieron el bulevar de Las Tunas la idea de mostrar y vender sus diversos animales le vino a la cabeza. Sacó el permiso requerido y ahí está. Tal vez sea el comerciante a quien más le piropean las ofertas y despierte, a la vez, el deseo explícito de comprarle uno de sus coquetos y puros perros de raza. O sus hermosas especies de pajaritos, entre los que hay cualquier tipo de periquitos o aves de fantasía.

Y más… conejos marrones- mandarinas, ardillas, hámster, peces, canarios… Tal como confiesa “me encantan todos, hasta las hormigas. Busco siempre en La Habana mascotas de calidad, las doy en garantía y aunque muchas son caras, cuando un niño las quiere y los padres no pueden, la doy a plazos. Incluso, he regalado algunas y les enseño cómo tienen que alimentarla, cuidarla y domesticarla. Me duele pensar que se puedan morir. Si percibo que no le darán todas las atenciones, porque eso se ve, no las vendo”.

La ternura le aflora cuando los saca de la jaula y los muestra a los interesados o pido que pose para tomarle una foto. Tampoco se niega cuando alguien pide cargarlos y darle un paseo por el área. No siempre trae los mismos ejemplares y el secreto está en que “con este calor se agotan. Los que no vendo, los dejo descansar dos o tres días y, después, los vuelvo a traer. Es mi negocio y mi trabajo, pero jamás los maltrataré”.

Nadie puede dudarlo. Papi Perry sabe respetar su profesión y lo hace con ética. No son pocas las veces que repone a una cría que muere a los días de llevarla el nuevo dueño, siempre y cuando comprueba que es real o le traen la mascota enferma. Por eso, gana confianza y simpatías a diario entre los foráneos que transitan por el animado bulevar tunero.

Salchichas, Sharpei, Pastores Alemanes, Bóxer, Cocker americano, Dálmata, Pastor Belga y otros tan buscados como los Chow Chow comparten espacios en las jaulas, mientras a cualquier hora de la semana en las arterias principales de la ciudad los tuneros van y vienen y allí, entre artesanos, joyeros, bisutería, libros y comercios Papi Perry, el hombre de los perros, deviene un atractivo especial: sus singulares mascotas obligan a detener el paso de grandes y chicos y, aunque la jornada no reporte dividendos, para él está bien. Las tiene otro día más.