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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la Autora

Del ruido muchos se quejan y otros lo disfrutan como el mejor de los sueños. Es una problemática mundial que sobrevive gracias a constantes violaciones del derecho ajeno, las éticas sociales y los deberes ciudadanos,  fundamentalmente en las ciudades donde en los últimos tiempos crece y se multiplica y poco o nada puede hablarse de zonas de silencio, aún cuando la noche ande de ronda.

No por casualidad Cuba se integró a la celebración del Día Mundial de Concienciación sobre el Ruido, establecido cada 24 de abril, por ser un problema no resuelto a pesar de contemplarse en la Ley 81 del Medio Ambiente y en el Decreto Ley 19 del 2000, relacionado con las contravenciones en materia ambiental. Algunos apenas lo conocen y casi nadie lo aplica, lamentablemente.

Mientras, el “señor del escándalo” hace galas por doquier y es mínimo el número de personas que se toman en serio las afectaciones que ocasiona a la salud, propia y de quienes son bombardeados por una sobredosis sonora aunque nada tenga que ver directamente con la fuente emisora. El mal hábito de escuchar la música sobre los decibeles adecuados al oído es la violación más tolerada y común.

Ya no hablamos, gritamos, puntualizó una anciana al confesar que no puede dormir bien, pues vive en una avenida donde pasan vehículos de todo tipo y los sábados y domingos es un caos. Entre sus ejemplos estaba la bulla, los gritos y las cantaletas de los jóvenes que regresan, a altas horas de la madrugada, de las discotecas o fiestas populares en bicitaxis o coches, la mayoría con reproductoras de música a todo volumen.

Un sondeo aleatorio por la zona y otros puntos de la ciudad de Las Tunas corroboró su criterio, fundamentado repetidas veces en programas de análisis público en los medios de comunicación locales y nacionales. Incluso, se considera una de las indisciplinas sociales recurrentes sin que tenga solución visible ni se haga valer la obligación de respetar los códigos audibles y detener la contaminación provocada por esta hiperdecibelia, con sanciones como las multas.

Lo peor de esta compleja contravención ambiental es el perjuicio que causa a la salud humana, tanto física como mental. Ya está demostrado por los especialistas que la exposición continua a excesivos niveles sonoros produce dolores de cabeza, estrés, problemas aditivos, alteraciones del sueño, ansiedad y afecta al corazón, órgano que puede infartar pues el alto nivel de ruido activa ciertas hormonas que provocan una aceleración de la frecuencia cardíaca, con el consiguiente aumento de la viscosidad de la sangre y la causa del colapso.  

La ciencia argumenta, además, que tal riesgo se suma a los factores más conocidos como la hipertensión arterial, el colesterol, el estrés y el tabaquismo; al tiempo que indica que los adultos mayores si habitan en ambientes ruidosos están más cercanos a sufrir accidentes cerebro-vasculares, hecho menos probable de vivir en lugares silenciosos.

Tales razones lo convierten en un verdadero peligro para mantener indicadores aceptables de salud, amén de que la percepción de riesgo se devalúe por la mayoría de los ciudadanos, los cuales ni saben que los estándares internacionales de sonido se clasifican a partir de la fuente que lo genera, pero cuando sobrepasa los 50 decibeles determinan al ambiente de ruidoso.

Los tuneros no escapan de tal desconocimiento y en el sondeo solo uno de diez respondió adecuadamente, mientras todos coincidieron en que el ruido ya es otra pandemia que envuelve a la ciudad, barrios y periferias y nadie tiene – o simula tener- conciencia plena de lo que molesta, afecta y deja de secuelas para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Es, como sentenció una maestra de la escuela de sordos y débiles visuales, otro demonio suelto.