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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la Autora

Quizás porque se parecen mucho al mar – o nos lo recuerdan a micro escala- las piscinas marcan siempre el hit parede entre las preferencias de las opciones veraniegas, relacionadas con esas tentaciones humanas de refrescar y relajar el cuerpo con un baño natural que nada tenga que ver con la ducha o la bañera doméstica.

Los niños son más adeptos y pasionales por pasar sus días de vacaciones dentro del agua encerrada en estas atractivas construcciones destinadas al ocio, sobre todo si como ahora las temperaturas rompen records históricos de calor y la palabra “aburrido” agobia a la familia, quien, lógicamente, busca la manera de complacerlos y compartir estos meses de descanso.

Sin embargo, ese placer trae riesgos que suelen minimizarse al momento de tomar previsiones. Se trata del enrojecimiento de los ojos, generalmente asociado al cloro que se echa en las piscinas para descontaminarlas y mantenerlas limpias. Es muy raro encontrar algún bañista – no importa la edad- que después de varias horas dentro del balneario no salga con la vista enrojecida, cierta picazón o ardentía.

Según especialistas y analíticos del tema no es exactamente el cloro el único culpable de esta situación, pues en ese medio encuentran condiciones idóneas de sobrevivencia numerosos gérmenes gracias al calor y la humedad imperantes. Se trata de químicos y todo tipo de fluidos corporales que, involuntariamente, emitimos las personas. La mezcla de esas sustancias es la razón de la irritación ocular.

Empero, los investigadores aseguran que la fundamental y verdadera culpable del ojo rojo es la cloramina, una combinación  del cloro y el nitrógeno existente en la orina, de la cual siempre quedan restos en el embalse pues muchas veces, sin malignidad consciente, los bañistas no pueden evitarlo y más si son pequeños.

Renunciar al disfrute que marca el “hit” de preferencias al momento de proyectar el tiempo libre es absurdo, pero hay maneras de contrarrestar dichos efectos si le ponemos – o nos ponemos- lentes o caretas de playa a los chicos,  evitamos se tiren agua en la cara mientras se bañan y los mantenemos en la zona donde den pie sin mojarse la cabeza. Es algo difícil de lograr y controlar, pero necesario para no lamentar enfermedades complicadas como la conjuntivitis u otras asociadas con los gérmenes y químicos existentes en el balneario.

En contrapartida, también los especialistas señalan que no hay mejor ejercicio físico que la natación en las piscinas, además de ser relajantes y divertidas para cualquiera. No se trata, pues, de declinar el lado bueno de un día recreativo muy especial sobre todo para niñas y niños, sino de minimizar los riesgos del entorno y ser mesurados y conscientes para evitar traumas y consecuencias peores que los ojos rojos.

Pienso en golpes, tragar agua o un buen susto por asfixia, de no suceder la fatalidad letal. Vale añadir que las lógicas y coherentes prohibiciones existentes en los balnearios no se conciben para limitar el placer. Todo lo contrario, es para que su día de fiesta y descanso no termine enlutado. La disciplina se impone y tenemos que cumplir las normas, más si nuestros pequeños son los de mayor vulnerabilidad ante el peligro.