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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

Excepcionalmente bello, el plumaje amarillo me obligó a detener el paso y arriesgarme a tomar un baño de sol, a pesar de que por prescripción médica lo tengo prohibido. En tal “hipnotismo” no caí sola. Muchos coterráneos hicieron lo mismo y los niños no sabían si ir para donde estaba su jaula o quedarse imantados frente a la de los perritos.

Nunca antes vi un ave de ese tipo fuera del contexto de los libros y algún material fílmico, aunque abuela, no se porqué razón, lo asociaba a la India en los cuentos fantásticos que me dormían cada noche. Siempre supe por ella de su canto especial y lo imagine en mi pueril embriaguez como un hada de películas. Ahora estaba ahí, vivo y real, en una de las calles más atractivas y multiculturales del bulevar de Las Tunas. Tenía que disfrutarlo.

Pedí apartarse a los curiosos o embrujados por su trino para tomarle unas fotos, al parecer se asustó y el impaciente vuelo lo sacaba de foco. La jaula, sola, en un lateral del parque, nadie intenta robarla. ¡Y eso que dicen por el mundo que acá la gente está perdida!

Pregunté por el dueño al primer comerciante que encontré en las cercanías y señalaron a un joven, distante a más de dos metros. Papi Perry es el alias de Darién Pérez, un ornitólogo tunero con una enorme pasión por los animales, a los cuales dedica todo el tiempo de su vida y los vende, pero antes debe tener la certeza de que los cuidarán bien.

“Sí huelo que no los valoran aunque me den más de lo que pido, no los vendo”, dice. Basta mirarle a los ojos y conversar un poco con él para saber que no miente. Abogado de profesión y desde los ocho años decidido a convertirlos en su “todo”, persuadió a un veterinario amigo suyo para abrir una clínica donde  puedan atender cualquier mascota e ingresarla, si es la opción de salvarla o aplicarle un tratamiento que requiera vigilancia médica.

Este muchacho es el dueño del canario amarillo, los periquitos y perritos que tanto cautivan y hacen parar en seco al más apurado de los transeúntes, sean paisanos o visitantes. “No siempre me compran, pero disfruto traerlos aquí y que la gente los admire y les demuestren amor. Son caros, porque son especiales”, comenta mientras enseña uno de sus rottweiler a un interesado y le instruye que es una de las razas más antiguas, originaria de Alemania, con gran poder y dulzura, y guardianes por excelencia.

Papi Perry no lleva el mote por gusto. Estudia cada especie al dedillo y enseña el cariño que les tiene, empero su historia es más larga y la contaré después. Solo quiero decir que el canario amarillo hace mucho más singular un espacio que marcará siempre a Las Tunas del Siglo XXI: el bulevar.

Tal vez no sea arquetipo de esa canción que suena… el patio de mi casa no es particular, si llueve se moja como los demás…, empero nadie puede negar que allí la artesanía local es un regalo al espíritu y la creatividad resulta una catarata muy nuestra, aunque existan algunos artículos que rompan reglas.

Oriundo de Islas Canarias, desciende del llamado canario silvestre, similar al que tengo delante pero más rojizo y pequeño –señalan fuentes especializadas -. “Es un ave alegre, muy solicitada –explica Darién – y este canta también como un azulejo y un negrito, además es muy manso. Tengo otros, pero siempre traigo uno. Si alguien se interesa, entonces nos ponemos de acuerdo”.

En breves intervalos de tiempo la jaula del canario amarillo obliga a detener el paso a quienes, en las tardes de este verano 2015, buscan el centro de la ciudad para recrearse, ir de compras, tomar helado, visitar los restaurantes o, simplemente, atravesarlo en sus rutinas cotidianas.

Papi Perry  siempre está ahí y sus colecciones de animales devienen un atractivo singular. Las ventas son lentas, sin embargo disfruta de los piropos continuos que reciben sus mascotas. El brillo de los ojos al sacarlas de la jaula y dejar que los niños las acaricien, el modo cómo las cuida allí y su vehemencia dan crédito a las palabras del comerciante de al lado: “A este no le importa el dinero, creo que hasta se pone triste cuando alguien le compra un perro o un pajarito”.

Tal vez fue casualidad, pero el canario cantó y el sharpei que tenía cargado le llenó el rostro de babosos besos.