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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

Este verano no solo trae sombrillas, abanicos, gorras, viseras, pañuelos, pamelas y cuanto use el ingenio humano- digo tuneros- para protegerse del intenso sol y el calor insoportable que golpea la cotidianidad por estas tierras del oriente de Cuba, donde múltiples opciones se enfocan con el ánimo de que la familia tenga espacio para un ocio sano y divertido.

La lluvia se encarga igual de ser otro “gancho” que mueve la opinión pública, a pesar de que Las Tunas es una de las provincias más secas del país y las fuentes de abasto están virtualmente vacías, si partimos de sus capacidades y la cantidad de agua que acumulan por culpa de la ausencia del líquido sostenedor de la  vida.

Explico. Primero, junto a la frase más sonada de esta temporada ¡Qué calor!, viene detrás el reclamo a San Pedro: ¡Qué falta hace un aguacero para que refresque! No hace mucho el santo complació a tantas peticiones juntas con el regalo de una buena granizada. Entonces se formó la algarabía.  “A comer granizos” se escuchó por doquier y los más prudentes miraron atónitos  la caída de las peloticas de hielo, del tamaño de una moneda de cinco centavos, por las rendijas de ventanas y puertas.

¡En solo 25 minutos cayeron 20,5 milímetros de lluvia, estremecieron las descargas eléctricas y las rachas máximas de viento de 117 kilómetros por hora!, según la nota difundida por el Departamento de Pronósticos de la provincia. Ese día, el sábado 25 de julio, no salió el arco iris que también llamó mucho la atención a los residentes de esta capital, donde el bautizo de “ciudad mágica” se incrusta en sus habitantes.

Muchos alegan la validez del término a la recién abierta Casa antigravitacional o Insólita y a eventos internacionales como el Festival Ánfora, en el cual comparten dones prestigiosos magos latinoamericanos, nacionales y tuneros. Los más viejos rememoran la leyenda del Caballo Blanco y el indio sin cabeza para relacionar sucesos pocos comunes, vistos por estos lares. Ah, y no olviden al hombre pararrayos, las frutas extrañas y las medidas descomunales de boniatos, yucas y calabazas.

En fin, que un gran arco iris adornó la tarde de este miércoles el este de la ciudad de Las Tunas y no cayó ni una gota de agua, mientras hizo un calor horrible que traía a todo el mundo vuelto loco literalmente. Pensé en Aristóteles, quien fue el primero en hablar de la teoría sobre la formación de ese bonito y espectacular fenómeno de la naturaleza, el cual asoció con una reflexión especial de la luz sobre las nubes, formando un ángulo fijo, cuyo medidor inicial fue Roger Bacon.

Tal vez, como dijo mi vecino mientras miraba con los chicos del barrio el arco multicolor, llovió cerca y la luz blanca al descomponerse en sus colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul y añil hasta llegar al violeta – como demostró con un prisma hace más de tres siglos Isacc Newton – permitió que los tuneros pudiéramos disfrutar del hermoso momento, al menos para olvidarnos un instante del persistente calor y concentrarnos en un acto divino, jamás ajeno al ser humano y bien recibido en cualquier sitio de la tierra.

Ante el alboroto de los chiquillos del barrio y la persistencia de mi nieta de tirarle una foto, solo se me ocurrió decirles que el arco iris era una diosa mensajera entre el cielo y la tierra llamada Iris, hija de Taumante y la oceánida  Electra, como dice la mitología griega. Y pasé el resto de la tarde con el “tía tata cuenta cuentos”. No tuve de otra hasta que desapareció el mágico arco iris sin apenas notarlo y pudimos entrar a la casa.

Esa fue la nota veraniega de una ciudad de puertas abiertas donde el séptimo mes tiene historia propia y está lleno de eventos importantes. Quizás sea la magia de una ciudad constantemente cambiada en sí misma. O la cándida avidez de su pueblo para disfrutar cada momento de la vida y sentir el asombro por lo bello con toda trascendencia. Lo garantizo.