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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: 26 Digital

Jamás he podido ignorarlo aunque en mis tantas idas y venidas por la ciudad quiera cerrar los ojos para no verlo. Su ecléctica elegancia se pega allá en el fondo de la retina y viaja por las venas hasta el alma.  No creo que lo ame más que nadie. Simplemente, a ningún tunero le puede ser indiferente.

Como las cosas que le ganan la batalla al tiempo y al olvido, está ahí, majestuoso, con su historia a cuestas y los tiempos verbales construidos en la memoria del pueblo. A veces, hasta con pocos visitantes, quizás por culpa de las prisas cotidianas o porque todavía nos falte alguna fibra interna que alerte que algo como él es una manera especial de hacer de una tarde de domingo un recuerdo para siempre.

Vestido de azul, rejuega con las luces y sombras actuales del bulevar que convierte a la capital Balcón del Oriente de Cuba en un sitio de armonía espiritual, tal vez no apto para quienes entronen las tentaciones del ruido, se emborrachen con las seudo- culturas o ponderen el entretenimiento del placer de los sentidos y miren como “cosas” de viejo las hambres del alma y los hechos salvadores de los auténticos valores humanos.

A Diego Clemente Rivero le tocó el honor de levantar allí  la primera casa. Entonces empezaba la región aborigen de Cueybá a tejer las novedades de las primeras luces del alumbramiento del siglo XVIII. No era una aldea propiamente dicha, pues en 1603 el hato primogénito otorgado a Juan Rivero se dedica a la ganadería y es fecunda en el XVII y  XVIII.

Con los años mantuvo su condición de vivienda, en algunas décadas del XIX. Después, fue fortificado y convertido en tambor de voluntarios y cuartel de telégrafos durante la guerra de independencia. Tampoco escapó de las cenizas en 1897al quemarse la ciudad y se edifica sobre las ruinas del cuartel, en 1921, para renacer como Ayuntamiento o Palacio Municipal.

Al triunfar la Revolución es sede de varias instituciones del Gobierno, el preuniversitario Luis Urquiza Jorge y la filial universitaria. Sin embargo, nada le quita el legítimo derecho de ser una de las edificaciones más trascendentes del patrimonio de Las Tunas, ubicada en su Centro Histórico.

Regala a foráneos y tuneros la arquitectura de los nacientes años de la conquista española y el primero de julio de 1984 se convierte en el Museo Mayor General Vicente García González, el cual inaugura Armando Hart Dávalos luego de ser restaurado y pertenecer a la Dirección provincial de Cultura.

Cuenta actualmente con siete salas, seis de las cuales con exposiciones permanentes y un salón de usos variados. Fotografías, documentos, pruebas históricas y objetos personales del también conocido León de Santa Rita, insigne mambí y uno de los jefes más relevantes de las guerras de independencia e hijo ilustre de Las Tunas se exhiben allí, como exponente vivo de la significación y los honores ganados por el patriota en las huestes por la libertad de Cuba y esta región.

Es el Museo de todos los tuneros… azul como el cielo cautivante de la Isla, vital como la reminiscencia que guarda e infinito en esa dimensión subliminal que nos envuelve, aún cuando la fuerza de tenerlo y saberlo nuestro apenas nos deje percatarnos que honra nuestras vidas y hemos crecido junto a él.

Por eso, quizás, no envejece ni deja de ser lo que es para siempre…mientras le pasamos por al lado sin pensar que la primera vez éramos unos chiquillos demasiados pequeños para su estatura y, ahora mismo, llevamos de grises el cabello mientras la magia de la existencia vuelve a reciclar la cabalgadura del tiempo.