20150317044656-prensa11.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: 26 Digital

Tal vez ahora sí me busque el rollo más gordo de todos los gordísimos rollos que tiene un periodista, más si lleva un poco más de una treintena de años caminando sobre una cuerda floja. Sin embargo quise correr el riesgo… ¡qué importa uno más!

No le pedí permiso. Quizás me hubiera dado una excusa y por elemental subordinación respetuosa hubiese tenido que cerrar la agenda y quedarme con el deseo de decir lo que una se dice muchas veces a sí misma, si compartes con él cada momento de tu vida laboral desde que sales de la universidad con un montón de “telarañas soñadoras” en la cabeza y lo encuentras ahí, en un punto clave de la redacción.

Así conocí a Luis Ramiro, en la Jefatura de Información. Dueño absoluto de quitarme el sentido de mi pirámide invertida y demostrarme –aunque no entendiera ni estuviera de acuerdo- de que lo que aprendí en los textos de José Antonio Benítez no era tal en mi artículo. O que el titular no era objetivo… ¡y si ponía un epígrafe y un sumario…! imagínese el resto. La “discusión” podía durar una hora sin que la bandera blanca saliera de la galera.

Gajes del oficio, era mi consuelo al final de la jornada, sobre todo si me cambiaba alguna palabra que era para mí un pedazo del alma. No recuerdo exactamente si lloré alguna vez, lo que no olvido son las rabietas con las que me iba a casa y olvidaba al día siguiente al tener en mis manos aquel periódico diario llamado 26 y que, todavía, tiene el mérito de mantener en su plantilla a casi todos sus fundadores.

Una varita mágica que convertía las controversias en alegrías y ahí estaba él, poniéndonos las manos en el hombro como quien dice…”viste, no quedó mal”, hasta que se repetía otra “contienda”. Un día lo nombraron director… y no creo que nadie –ni él- pensó entonces que tendría un nuevo record “Guinnes”: ser quien más años lleva en ese puesto entre sus homólogos del país y el papá de todas las generaciones de reporteros, fotógrafos, diseñadores, correctores y trabajadores que formaron y son parte de la historia de la prensa escrita en Las Tunas.

Tampoco puedo definir con exactitud cuando perdió el nombre y se quedó con el apellido, Segura, aún cuando rubrique los trabajos con su identidad completa y, los más íntimos, le nombren Ramiro. Lo cierto es que dentro y fuera de los predios de esa redacción que ama con cuanto tiene, donde perdió la juventud y le brotaron canas, es Segura, el Director de 26…una persona vital para todos a pesar de sentir unas tremendas ganas de “matarlo” cuando se empeña en arreglarnos los trabajos o ser demasiado fiel a determinadas normas.

Egos, quizás…. pero nunca capaces de borrar su entrega ilimitada al periodismo, su fraternidad con nuestros problemas personales, su tolerancia ante determinadas “malacrianzas” y hasta recoger de vuelta a quienes un día pidieron la baja, no les fue como pensaban y decidieron volver a esos pasillos que tendrán siempre sus huellas, con aciertos y desaciertos como humanos que somos y hacedores de una profesión complicada, agotadora, esclavizante y contagiosa, pues crea un hábito horrible, de lunes a lunes, sin sábados ni domingos.

Bien merecido el Premio a la Obra de la Vida Rosano Zamora Paadín, recibido en esta Jornada de la Prensa del 2015 y no exactamente porque es viejo (digo el director que más años lleva como tal y sus 39 de trabajo constante), sino porque cuanta tinta buena o mala tiene el diario, el Semanario, los boletines, la versión digital, los amaneceres, las memorias, las glorias y los errores tienen su olor, sus críticas y sus aplausos.

¿Y nosotros…? Pues sí… le discutimos, no queremos verlo en determinados días pero, al final, le queremos mucho, lo respetamos un montón y lo sentimos amigo y compañero y hasta nos asustamos cuando pensamos que un día dejará de ser el Director, porque Ramiro, a veces hasta cuando atropella las palabras y no entendemos qué dice desde la amplia mesa del Salón de Reuniones, creció junto a este 26 que busca las mil maneras de parecerse más a los tuneros y que llevamos en el corazón y las arterias.

Y en esa pertenencia infinita, con más satisfacción que heridas, está él y en él, honestamente, hay un pedazo de cada uno de nosotros. ¡Felicidades Jefe!; yo sé que ahora mismo estás pensando cómo hacer la próxima edición y nos escucharás aunque, como en los viejos tiempos, nos sigas quitando líneas y haciéndonos ese gesto tuyo, peculiar, de que algo anda mal en la cuartilla.

Sabemos que nunca nos dejarás solos sobre esta cuerda floja y apretarás filas en nuestro vía crucis por un periodismo mejor, para ser más cubanos y cumplir la misión de ganar la batalla de cambiar en tiempos de adarga bajo el brazo y puntos sobre íes. Eso es lo importante, es tu obra y tu vida. Ahh, y para la próxima te pido permiso.