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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay   

Las frases caen como cascadas en medio del silencio. “Los médicos hicieron magia, está mucho mejor”.  Una que otra lágrima denuncia la emoción y el miedo a una recaída... “Está muy viejito…”  Historias humanas… en una isla donde no es un privilegio poder garantizarse la salud, pero quizás muy pocos, a fuerza de saberlo, se detengan a cotizar el valor genuino de esa garantía social.

Quienes no pierden oportunidad para tergiversar esta fuerte realidad de la cual disfrutan con similares derechos las cubanas y cubanos, son los gestores de las campañas mediáticas y los endémicos sectores que del otro lado del mar siguen aferrados a un sonambulismo indigno, porque ya perdió la gracia todo posible secreto sobre Cuba y los avances en cuestiones médicas y de medicina dan la vuelta al mundo de manera solidaria, gerencial y con patentes confiables.

Sin embargo, los ataques difamatorios y alevosos contra la Mayor de las Antillas pregonan que la violación a  los derechos humanos es inherente a la cotidianidad, al tiempo que subestiman esa genuina y enorme conquista de la Revolución, la cual después de 50 años puede mostrar fehacientemente su desarrollo sostenido y gradual, cada vez más científico, profesional, competente y referencial en muchas investigaciones de impacto y especialidades clínicas.

No son conceptos manidos ni tocados con violín. La fabricación de vacunas en este país caribeño da créditos por sí misma de esa contundente verdad. El acoso de un bloqueo permanente – del que se conocen efectos directos y colaterales -, y los serios problemas de la economía interna, no limitan las acciones gubernamentales ni del Ministerio de Salud Pública para lograr el empeño: dar servicios de calidad y gratuitos a la población.

Las campañas mediáticas más que mentir, buscan crear estados de opinión dentro y fuera del archipiélago para minimizar los éxitos de la medicina y los especialistas y personal del MINSAP, a la vez que siembran partes blandas, maximizan o tergiversan hechos, aprovechan fisuras o deficiencias y manipulan criterios circunstanciales de personas  y fuentes no confiables.

 

La salud no se compra con dinero. Se logra, como en Cuba, con un programa diseñado desde la comunidad, donde el acceso gratuito y masivo permite sistemáticamente el control primario de sus residentes, a través de los Consultorios del Médico y Enfermera de la Familia. Ahí parte el éxito de los indicadores positivos que muestra la nación y los avales que recibe de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Hablar en el siglo XXI de que cubanos y cubanas no gozan de plenos derechos humanos es ridículo. Por una cuestión elemental, estar saludable es la mayor riqueza que tiene un ser viviente. Los indicadores de la mortalidad infantil por sí solos son testigos de ese bienestar de esencias que disfrutan los habitantes de la Isla. Sin grises, ya es hora de que Cuba se quite del blanco de los francotiradores. Los ríos acá son abundantes en lo fundamental para la vida. Decir otra cosa es pura mentira.