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Por Graciela Guerrero Garay  Fotomontaje: Chela

Aunque el transporte público estatal se vitaliza entre esfuerzos y estrategias para satisfacer la demanda de los 525 mil 729 habitantes de esta oriental provincia de Cuba, nada opaca el ir y venir de los coches y pachangas tiradas por caballos y los bicitaxis, medios alternativos que salvaron las carencias de ese servicio desde que en la década de los 90 el llamado Período Especial prácticamente colapsó la economía.

Los tuneros, sobre todo en esta capital, a mediados del 2014 no renuncian a realizar sus trayectos cotidianos en esos peculiares “automóviles”,   aún cuando el itinerario de los ómnibus locales esté entre los parámetros lógicos de cada ruta y en los horarios picos las esperas, en las paradas de guaguas, no sean una eternidad como en tiempos cercanos.

Incluso, muchos los prefieren porque toman aire puro y no sienten ir cual “sardinas en latas” dentro del bus,  en un verano bien caliente a merced del calor y un sol que cualquiera diría está a un pasito de la tierra. Lo cierto es que son cientos quienes pagan con gusto las tarifas pactadas – no siempre adecuadas al kilometraje-  entre conductor-pasajero y por doquier sobresale el trotar de los caballos o la música de los bicitaxis, algo que los distingue como un código de barras.

Críticas y aplausos reciben igualmente a diario. Los cocheros por violar el reglamento de poner a resguardo, con los sacos establecidos, el estiércol de las bestias para no dejar sobre el pavimento las huellas del itinerario. Otras, por el abuso de algunos en usar demasiado el fuete sobre estos nobles e incansables animales, los cuales además de resolver un problema todavía sin solución definitiva – el transporte público- le dan el sustento diario y le llenan los bolsillos y la cuenta de ahorros desde el pasado siglo.

Los “bici” tienen sus puntos blandos en el excesivo volumen de sus parlantes musicales y el poco gusto estético, de la mayoría, en escoger las canciones para sus clientes, mientras llenan de ruido las ciudades y tal parece que son discotecas rodantes o publicistas  de ciertas firmas disqueras, grupos musicales o promotores ambulantes.

En ingenio, adornos, innovaciones, estilos, luces y producción no tienen competencia, ganan por sí mismos y nadie puede quitarles el mérito de ser, a esta altura del siglo XXI, un cuño de exclusiva cubanía que estará en los anales de la época como expresión genuina de un pueblo que, ante múltiples privaciones, activa su inteligencia y llena la vida de colores, esperanzas, alternativas y valor para seguir sorteando las más complejas situaciones.

Así se mueven los tuneros y los cubanos también. En unas provincias más que en otras están los coches y bicitaxis, acoplados a sus necesidades e identidad, con sus modos y preferencias, adeptos y detractores. Más, por encima de cualquier punto de vista, exacerbación o tolerancia, llegaron y se quedaron.

No hay dudas: a las maneras de hoy traen la memoria de las calesas de nuestra Cecilia Valdés o de esos cochecitos japoneses “importados” hace siglos, después que comenzó a rodar por el mundo su mamá-bicicleta. Y en este verano ardiente del 2014 yo les doy las palmas a ambos medios de transporte. ¡Montarse en una guagua o en los populares camiones peseteros – como se les llama comúnmente- le zumba! Se suda, se suda, la gota gorda.