20140522185725-aliet-jobabo11.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: G.G.G

Julia ya no anda descalza haciendo malabares con el fango para ir a la escuela. Ninguno de sus seis hermanos tampoco. La casa de guano, en medio del platanal, es ahora una suerte de chalet entre las lomas con agua corriente, luz eléctrica, refrigerador y un juego de living que sustituyó los taburetes de cuero en el zaguán del conuco.

No son pocas las historias que testifican el cambio gradual de las zonas rurales en Cuba. Incluso, bien distantes de los pueblitos- capitales, hoy se encuentran complejos habitacionales de edificios, mercados mixtos con servicios de enseres menores, barbería, peluquería, cabinas telefónicas y los servicios sanitarios, potenciados con los consultorios del Médico y la Enfermera de la Familia.

Nada que ver con la vida que antes de 1959 tuvieron millones de cubanas y cubanos, aunque todavía no se pueda hablar de un desarrollo equitativo en todos los lugares ni todas las provincias. Más, aún así, las diferencias son notables y cientos de guajiros de entonces viven en mejores condiciones espirituales y materiales que la gente de algunos barrios periféricos de las ciudades.

Si bien, en un momento, las migraciones del campo hacia las capitales urbanas marcaron puntos en el posible desapego a la tierra, con los años este fenómeno se ha revertido y toma fuerza en la actualidad con los nuevos Decretos Ley, los cuales permiten entregar en usufructo hectáreas ociosas a las personas naturales, medida con una aceptable respuesta entre la población pues las disposiciones representan un potencial valioso en el orden personal y social para la producción de alimentos y la economía doméstica y estatal.

PUNTOS DE CONTACTOS

Los jóvenes tuneros Aliet y Yennis, en tiempos distintos, son un ejemplo aquí de cómo llama la tierra a quienes ven en ella una fuente natural de riqueza. Ambos, de procedencia campesina, vinieron a realizar sueños y metas por las universidades y volvieron a sus lugares de orígenes.

Las memorias de los abuelos y esa naturaleza viva que viene con el canto del sinsonte, el rocío y la frescura del arroyo fue más fuerte que el terror de los fantasmas escondidos, entre la ambición de los colonos cuando se llevaban en sus arcas el sudor de mayorías.

Hoy Yennis viene todos los días a traer a sus chicas al seminternado Rafael Martínez, donde estudian el segundo y cuarto grados, le da una vuelta a su vivienda aquí en Las Tunas y regresa a la finca, ubicada a unos 10 kilómetros de esta ciudad. Allá, con su esposo y otros cooperativistas, cosechan granos, viandas y hortalizas y abastecen dos placitas de productos agropecuarios.

“Soy feliz. Veo el fruto del esfuerzo y aunque me sacrifico un poco al venir acá, las niñas están en un ambiente saludable, nos ayudan de muchas maneras y las cosechas rinden más frutos. El ojo del amo engorda al caballo, antes íbamos solo los fines de semana y, a veces, se nos iba el control de las manos. Ahora estamos allí y como familia disfrutamos las bondades del campo.”

La última vez que vi a Aliet estaba contento de volver a la finca y trabajar con su mamá. No había olvidado ordeñar sus vacas, aunque como él mismo dijo, “di mil vueltas por ahí y perdí la cuenta, pero lo que bien se aprende no se olvida. Creo que de aquí no me voy más.”

Julia todavía no ha vuelto a sus raíces. Empero, me confesó que cuando termine la hija de cumplir su misión médica en Venezuela, regresará a sembrar las estancias que dejó en Mateo Sánchez, Mayarí, de donde vino. “Ya me imagino todo lleno de hortalizas. Creo que quienes nacimos y crecimos en el monte siempre lo llevamos por dentro. No hay nada más rico que estar bajo la sombra de los árboles. Se trabaja duro, pero la tierra lo agradece. Nunca he dejado de ser una guajira y bien cubana”.

Historias como estas convergen por todo el archipiélago. Es el encanto de sentir en la sangre el arraigo campesino. Este 17 de Mayo se festeja con motivaciones honestas y un despertar por los campos cubanos, donde se surca el suelo con muchos nuevos rostros y más amor para colorear de verde, desde el corazón, los oscuros que todavía alejan a las labores agrícolas de esa prosperidad sustentable  que necesita la mesa cubana, la nación y la economía.   

Esa meta no es efímera. Acá hay y habrá siempre campesinos de pura cepa.