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Por Graciela Guerrero Garay

Otra mala trastada de la muerte. Otra mala trastada. Supe, de algún modo, que no estaba bien, pero la esperanza me sedó la impaciencia con el regreso a casa. Quizás fue, que entre el hipo de susto y la renuncia a lo cierto, no escuché entre líneas aquel adiós oculto, implícito en la información difundida en el Noticiero Estelar de la Televisión Cubana.

Se fue mi amigo. El mismo que me regaló un Macondo cuando apenas perdía la inocencia y, todavía, las letras eran para mí un mapa con esquinas rotas. Le amé entre ese verbo inconfundible que, después de las doce campanadas, escondía debajo de la sábana para que amaneciera allí, junto con Mario Benedetti o Pablo Neruda. Era un As de Oro entre mis sueños.

Mucho después – o quizás no tanto- lo busqué desesperada por las librerías de mi pueblo. Intenté robarlo de una biblioteca o pintármelo en una tarde de esas que una sabe que algo quiere, pero no sabe qué.

Después de tanto, ahora que América Latina te llora con lágrimas, anécdotas, encuentros y desencuentros… o por el mundo millones manosean tus libros especiales, tampoco creo en la muerte. Eso es lo bueno que tiene ese demonio irrebatible: no puede llevarse a todo el mundo. Eres demasiado grande para sus cadavéricas maletas.

Nada, Gabriel García Márquez, te escondes otra vez en tu escritorio. Quizás “El “General no tiene quien le escriba”, pero yo te aseguró que tú no tendrás “Cien años de soledad” ni mucho menos.  En las piras del cielo no se queman las letras y, en el infierno, mi Gabo, no hay espacio para el realismo mágico de una sonrisa tuya.