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Por Graciela Guerrero Garay

Aquellas palabras del piloto…desesperadas y a la vez seguras…anunciando la explosión a bordo aquel 6 de octubre de 1976, permanecen en cada corazón  de los cubanos con una fuerza desgarrante, tal como si sucedieran ahora mismo. Hay cosas que jamás se olvidan. Hay heridas que no cierran nunca. Hay sucesos que jamás los borra el tiempo.

Hoy es un domingo triste, aunque la risa de los niños inunde las casas y el día transcurra con esa impronta de calma acostumbrada, luego de una semana de andar de prisa y sortear el tránsito en la mayoría de las avenidas, poblados y ciudades de la Isla.

Hace 37 años todo fue diferente. La rabia y el dolor, el llanto y hasta la no aceptación de lo posible cayeron, como un plomo, sobre familias enteras. Después – y a la par – sobre el vecindario y el país. No había error: una aeronave de Cubana de Aviación, procedente de Barbados,  fue saboteada en pleno vuelo y jamás llegaría a La Habana, donde se esperaba con muchas razones y pasión.

Allí venía la Delegación triunfante de jóvenes esgrimistas que traían a la Patria sus medallas. Estaba igual la tripulación que cumplía sus deberes labores y otras personas que viajaban en el avión. Murieron por culpa de las manos asesinas de dos connotados terroristas: Luis Faustino Clemente Posada Carriles y Orlando Bosch.

Muchos éramos apenas adolescentes entonces, pero nunca hemos podido borrar de la memoria la Plaza de la Revolución llena con todos, como tantas veces, condenando el hecho y aquellas palabras de Fidel Castro, únicas, universales: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”. La mano de la CIA envenenó el azul celeste del cielo de Cuba, pero jamás ha podido mover un ápice de su coraje y dignidad.

Hoy volverán muchas lágrimas a bendecir sus muertos. Habrá flores frescas en los cementerios, multiplicando los amores y besos que congelaron la maldad y el odio. Orlando Bosch ya marchó al infierno y ese amasijo de diablo envejecido que camina, aparentemente feliz por el Imperio, el Posada Carriles, pagará su culpa con la muerte. De esa no podrán salvarlo los jueces ni el gobierno americano.

Nadie contará sus pesadillas. La prensa Made in USA no nació para escribir con tintas la verdad. Su calvario es eterno. Basta bucear profundo en su repudiada imagen, en su mirada nauseabunda y estéril.  No es un hombre… es apenas una sombra rodeada de tiñosas y parásitos macabros. El castigo de andar sin alma por el mundo es peor que un tiro de gracia fulminante.

Nuestros hermanos muertos andan por el Olimpo. Han nacido mil veces reivindicados. Y hoy tienen luz en las escuelas y sitios que recuerdan sus nombres, en los millones que este 6 de octubre siguen sus pasos y con amor, aunque la rabia exista y la justicia espere, bendicen sus acciones y los salvan del negro silencio de un sepulcro.

Hay cosas que jamás se olvidan, pero la maldita bomba de Posada Carriles y Orlando Bosch no mató a nuestros compatriotas. Fue una pírrica victoria de la CIA: los inmortalizaron. Treinta y siete años después siguen aquí.