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Texto y Foto: Graciela Guerrero Garay

Tienen el aura que, a veces invisible a los ojos menos sensitivos, envuelve a la ancianidad. Una mezcla perfecta de experiencias, secretos, modos y conceptos existencialistas,  los cuales afloran por encima del lógico desgaste físico o los dolores de artrosis. Son seres humanos, una pareja, tal vez a la usanza de quienes creen en las almas gemelas o prefieren llamarlas “media naranja”.

Regala una sonrisa amplia, al abrir la puerta, y me invita a pasar. Percibo, enseguida, que el cronometrado tiempo del que disponía se haría añicos ante su locuacidad y gentiliza. No me equivoqué. Julia Pérez Pupo fue siempre una mujer decidida y arriesgada, dispuesta a conquistar sus sueños.

-         Está acostado, lo llamo ahora mismo – contesta, al ver que miro en derredor,  buscándolo. Me habían avisado que José Antonio Piñón Bautista acaba de cumplir 100 años y está entre los 140 longevos de Las Tunas que rebasan la centuria, hasta estos momentos.

Pido dejarlo descansar un poco más y conversar con ella. Accede. Había que hurgar en esta mujer de 96 años su secreto, más allá de una larga, saludable y activa vida.  

-         Llevamos 72 años de casados. Fue un 22 de mayo de 1941. Yo nací en La Yaya, muy cerca de Velazco, en la provincia Holguín, pero lo conocí en Puerto Carúpano. Cuando aquello todo el mundo lo llamaba Cayo Juan Claro. Tenía 15 años y me fui a vivir allí con una hermana mía.

-         Pepito trabajaba en los tanques de mieles que se embarcaban por el puerto. Era un trabajo duro, cuidando no hubiera derrames cuando se traían en el ferrocarril y había que pasarlos a los barcos, de unos tanques a otros. Fue una noche, en una fiesta. Nos gustamos y empezó a visitarme, pero tuve que regresar al campo, con mis padres. Y allá fue él, a verme y hablar con mis padres. Entonces nos casamos.

La conversación en la salita del apartamento del edificio 38, en la Avenida Primero de Enero, del reparto Santos en esta ciudad, se interrumpe con la llegada de José Antonio. Viene sin bastón, erguido, elegante. Saluda y se acomoda su bien peinado pelo blanco. Puede tener cualquier edad de la tercera edad. No le tiemblan las manos. No titubea al hablar. Un gesto delata mi sorpresa. Ellos viven solos, aunque los familiares cercanos les visitan a diario.

-         Es él. Háblale que te escucha. No es hipertenso ni diabético, solo que hay que hablarle un poquito alto. No padece de nada.

Le invito a que me cuente. La mira a ella. Quizás con la misma intensidad que la caló aquella noche de la fiesta. Julia sonríe. Su voz pausada, de hombre realizado y contento, vuela con la brisa de la tarde:

-         Mis padres vinieron de Ferrol, en España, pero nací en Cuba como siete de mis nueve hermanos. Fumé muy poco, para espantar el sueño. Tomé alguna copa de vino, en ocasiones especiales y mis traguitos de vino una que otra vez, pero bebedor, nunca. Trabajé 60 años en el Puerto. Allí me jubilé, y eso que mi trabajo era de noche, con las mieles, y había que pasar la miel de tanque en tanque hasta subirla a los barcos.

-         Bueno, el trabajo nunca me sofocó. Siempre hice todo con amor, con cariño. Estoy contento de haber cumplido 100 años, estar lúcido y sentirme bien. Julia me gustó y la enamoré. Creo que la he soportado todos estos años que ha estado conmigo -. Y una pícara sonrisa ilumina su rostro, mientras ella, igualmente sonriente, dice:

-         Es así, conversador y de buen humor. Hemos tenido nuestros momentos buenos como malos, pero jamás hemos sido una pareja de discusiones ni ofendernos, nunca. Pepito es muy cumplidor, respetuoso. Nos hemos comprendido y compenetrado el uno al otro. Yo tengo una satisfacción muy grande por haber encontrado un hombre como él y tener nuestra familia.

-         Hay que cuidar la relación – agrega José – y comprenderse. Ella siempre me trató muy bien, se adaptó a mi forma y yo a la de ella y, poco a poco, uno se va compenetrando. Le agradezco haberme dado la familia que tengo, mis hijos, y criarlos. Estoy muy contento con ellos, mis nietos, todos me han salido muy buenos, cariñosos. Eso me ayuda a vivir.

Con esa magia del amor, los tres vástagos llegan a la sala transportados en los recuerdos y vivencias. Jorge, el mayor, es médico y especialista en Cardiología. Vive en Pinar del Río, pero llama una vez a la semana, sino a diario. Mercedes y Maritza son arquitectas.

-         Mercedita vive cerca, en el otro edificio – dice- y nos voltea muchas veces al día. Maritza se quedó en La Habana y está ahora en Venezuela, cumpliendo misión. Los tres son internacionalistas y fueron alfabetizadores. De ahí se becaron y estudiaron. Cuando empezó el plan para desarrollar a Juan Claro y hacer el embarque de azúcar en Puerto Carúpano, nos dieron casa en Puerto Padre, en la Micro, y de ahí permutamos para aquí, cerca de Mercedita, reitera.

La tarde empieza a noviar con el crepúsculo y atrapa una mirada de complicidad que interpreto como otro pacto más del longevo amor que los une, más allá de la edad y la fortuna de ser ejemplos de vida y matrimonio para muchos.

O, quién sabe, sea el secreto que millones buscan entre las estrellas y Pepito, con toda una centuria entre sus dedos, me simplifica con su voz calmada y firme:

-          Ayudarse y hacerlo todo con amor. Me gusta pasear, la música, las películas.

-         Yo bordo cuadros en mis ratos libres –agrega Julia- y lo cuido mucho. ¿cómo no hacerlo?, si me ha dado los mejores años de mi vida.

Y otra vez, los balances se mueven. Se miran y algo hermoso queda flotando en la noche que cae.