20130506041054-frutales-11.jpg

Por Graciela Guerrero Garay

La mayoría de nuestros problemas, lamentablemente, son viejos y no acaban de resolverse. A veces, las soluciones están a ojos vistas y, quienes miran con ojo crítico desde la esquina buena el futuro social, nos preguntan si detrás de esta morosidad de respuesta se oculta alguna razón conformista para entorpecer el mejoramiento al que aspiramos.

Ciertamente, puede darse por hecho en muchos casos, porque se “remienda” esgrimiendo la falta de recursos pero, después, cuando el lio se pone gordo, aparecen los medios y hay que gastar el doble. En esta lista caben baches, fosas, salideros, puentes, tendidos eléctricos, recogida de basura, reparaciones de todo tipo y hasta la distribución de alimentos.

Los temas que, con decisiones oportunas, rápidas y prácticas, pudieran endulzar el día a muchas personas es larga, fundamentalmente en lo que más inquieta y afecta a la población: la comida y los precios. No siempre es congruente ni lógica la ley de oferta y demanda. El poder adquisitivo del trabajador no alcanza para suplir sus necesidades básicas y está sujeto, en mayoría, a un cobro mensual.

La situación irrita más al consumidor – y lo testifican los comentarios a voces en los establecimientos- cuando observa que la mercancía pierde evidente calidad, en frescura o demora de ventas, y no es devaluada, es decir, no se reinventarea y ajusta el valor a sus nuevas condiciones comerciales. Sucede como si la gente no quisiera el producto. La realidad: no puede adquirirlo.

En este sentido entra todo, lo expendido en placitas o la red de mercados liberados. Productos que pueden venderse por libras o a granel (cito dos muy demandados, la galleta y las salchichas), se empaquetan o siguen en sus envolturas originales y pasan días y semanas ahí, entre la nevera y el mostrador, mientras el asunto de la merienda de los escolares es un dilema cotidiano.

No subestimo el asunto. Los precios tienen un proceso riguroso que incluye desde el valor neto de la mercancía hasta el recargo comercial, las mermas, etc. etc. Sin embargo, quienes pagamos al final las ganancias de los organismos comercializadores y amortiguamos las pérdidas de los productores, “somos nosotros”, como dice el pueblo.

Es un poco irracional concebir la no existencia de algún paliativo. Los conocedores y responsables de esta larga cadena – también de lamentos e impotencias-, saben de las alternativas. En estos tiempos de tanto esfuerzo y problemas económicos, vale pensar un poco en el consumidor. Ya no en lo que se oferta, sino a cuánto se hace y hasta dónde puede objetivamente adquirirse.

Rebajar ante la urgencia de productos prácticamente vencidos, como sucede, no lleva a caminos buenos, hasta las devoluciones pueden entrar al ruedo de las pérdidas. Esperar por producciones amplias que obliguen a bajar las tarifas comerciales, es una meta. Todavía falta para ello y mientras, qué. Esta pregunta masiva, a pie de mostrador, necesita una mirada realista y una respuesta rápida.