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Por Graciela Guerrero Garay

Tal vez, para muchos, lo que diré ahora no esté bien como norma ética del periodismo o, simplemente, no lo vean elegante ante la seriedad del tema. Sin embargo, cuando, una y otra vez, acusan a Cuba de violar los derechos humanos me salgo del paso, porque estoy convencida de que en el único país donde hasta los perros tienen derecho a ser como les viene, es aquí.

Y no me da un “ataque” de cubanismo y menos de “oficialista”, como tildan a quienes defendemos con la pluma las ideas de los más y nos sentimos pueblo. Esos, son los mismos que apuntan con el dedo a la nación y llaman dictadura a un proceso que electrificó – y sigue electrificando, con mucho esfuerzo por demás-, el monte que jamás tuvo otra luz que la luna o un candil.

A los canes no los traigo por los pelos, no. Resulta que en casi todos los países, según he visto, estas mascotas pueden encarcelar a sus dueños no más se les ocurra ladrar un tanto alto y perturbar al vecindario. Acá, en solitario o en manada, forman sus orgías eróticas o sus “habladurías”, mueven el rabo, y siguen calle o avenida abajo sin problema alguno. Son tan libres y tan de todos, que todo el mundo en el barrio sabe que Canela es de Josefa y Sultán, de Pepe.

Plenos, así de simple. Juntos, el sato, el criollo, el chiguagua, el otro y el otro. Esa es Cuba, la única que reparte oportunidades sin exclusión, brinda Salud  gratuita, multiplica lo poco y lo mucho y llena sus ciudades y campos con gente sencilla, trabajadora, humilde, solidaria, solo dividida en dos bandos: los que estudian y los que trabajan, pues quienes no lo hacen, incluso, se arrogan el derecho de disfrutar de los bienes sociales y esperar el momento que les conviene para sumarse.

En estas hermosas verdades pensaba este miércoles mientras escuchaba a Bruno Rodríguez Parrilla, Ministro de Relaciones Exteriores, presentar el segundo Informe Nacional al Mecanismo de Examen Periódico Universal (EPU) del Consejo de Derechos Humanos, de la ONU. Allí, el canciller cubano, testificaba que la Isla “lo hace orgullosa de su obra humanista y de su ejecutoria, en la garantía del ejercicio de todos los derechos humanos por todos sus ciudadanos”.

Razones hay para repetir tanto el Todo. No hay eufemismo ni retórica. Es, como dice el texto: “… un país sin personas desprotegidas, ni privadas de dignidad, donde no hay niños sin educación de calidad, enfermos sin esmerada atención médica o ancianos sin protección social”.

Un magistral documento, por su veracidad y su alcance de futuro pues, como bien dice, “no venimos a presentar una tarea concluida, ni pretendemos que se considere el socialismo cubano modelo para nadie”. Y, más adelante, la convicción del pueblo: “rechazamos asimismo la manipulación política, la hipocresía y el doble rasero, frecuentes en el debate sobre los temas de derechos humanos”.

¿Quién puede cuestionar los Derechos Humanos en Cuba? Nadie. Solo se atreve, con algún que otro aliado, el único violador auténtico, no solo en la Isla, sino en muchísimas partes del planeta, incluido su propio territorio. El imperio del águila, Estados Unidos, con su bloqueo económico, financiero y comercial de medio siglo, con sus campañas difamatorias, con sus guerras bacteriológicas, con sus multas a terceras naciones por ayudar a un país  que nunca invadió a nadie y es el más solidario entre muchos. No son palabras, los hechos están ahí, en la historia de estos siglos.

Ojalá quienes todavía dudan y manipulan los legítimos y privilegiados derechos que disfrutan cubanas y cubanos, pudieran llegarse, justo ahora que escribo, a cualquier sitio de mi ciudad. Encontrarían a muchos jóvenes y trabajadores con sus pancartas y banderas en las manos, las mismas que enarbolaron en el desfile por el Primero de Mayo. Vienen de las plazas, de las fiestas obreras que acontecieron en todo el país. Y vienen contentos, cantando, chillando…

Regresan a sus casas, al filo de la madrugada, con toda esa libertad enorme y única que les da Cuba, porque acá, aunque todavía alguien cuestione, cada quien se siente seguro de sí, de ser; de hacer con su vida y con su esfuerzo lo que quiera. Con esto y todo lo demás, ni la paranoia puede sentir pisoteados sus derechos. Ya es hora de que el río tome su cause y que el violador cumpla sentencia.